Suscríbete a nuestro NEWSLETTER

Viaje exprés por autopista en una moto deportiva

Otra nueva experiencia sobre un tipo de moto que no es, sobre el papel, la más adecuada para hacer largas tiradas por autovía. Otro viaje en el que se añade al propio tedio de la autopista, más aun sobre una doble erre, la repetición del trayecto en el tramo de vuelta. En este reportaje, describimos cómo se vive y explicamos algunos recursos para hacerlo algo más llevadero.

  • 20/11/16
  • Tomás Pérez Sánchez
  • SMN
ampliar foto

Con este trabajo, lo mismo que con otras entregas de la serie de viajes exprés en motos que no son eminentemente viajeras, lo único que se pretende es apuntar unas pautas y señalar una serie de recursos que pueden hacer algo más llevadera una travesía de este tipo, ya sea obliga por las circunstancias de cada uno o de libre elección. No existe otra intención, ni desde luego ningún otro interés.

Para esta ocasión, pensamos en un viaje Madrid-Barcelona, ida y vuelta, con noche en la Ciudad Condal, como base de este reportaje, cubierto en menos de 24 horas; un viaje que, en otro tiempo, llevaba a los moteros en peregrinación para ver el Gran Premio del Mundial de Motociclismo que cada año se celebraba en El Jarama.

Antecedentes

El primer viaje sobre el trayecto Barcelona-Madrid lo hizo un servidor en 1977. Un viaje dantesco sobre la Metralla MK-2 que tenía por entonces y que inspiró el relato “Qué teníamos en la cabeza”, ganador del certamen literario Sexto Continente, convocado por RNE en toda Hispanoamérica. Después vinieron otros en Vespa 150, Mercurio 155, otra Metralla GTS, en una Vespa 200 PE, en una Ossa Copa 250, incluso una Norton Comando 850. Además, sobre el recuerdo de todas esas pequeñas aventuras, planeaba también la alargada sombra de aquel legendario reportaje que enfrentó a una Kawa ZX-10 Tomcat con un Porsche 928 S en el mismo trayecto.

Por tanto, un viaje cargado de historia, de nostalgia e implicación personal para quien firma este reportaje, que representaba un importante incentivo a la hora de afrontar esta experiencia.

No tenía predilección por ninguna deportiva de mil en particular, y sí descartaba las 600, únicamente por una cuestión de espacio; por eso, cuando me enviaron un mensaje indicándome que pasara a recoger la Suzuki GSXR 750, protagonista de esta experiencia, no pude evitar un gesto de escepticismo. Sin embargo, al tenerla delante y subirme a ella, me encontré con una verdadera sorpresa. La siete y medio de Hamamatsu es, probablemente, la deportiva más espaciosa del mercado. Un servidor, con su 1,91, no sólo cabe en ella perfectamente; sino que además se permite el verdadero lujo de acoplarse con los codos por delante, y no encima de las rodillas, como me ocurre en prácticamente todas las deportivas. Por otro lado, los semimanillares también caen de forma radical, como ninguna, teniendo la sensación al girar con ella en las primeras calles de ir agarrado casi al eje delantero.

Equipar la Moto

Aunque la carrocería de una doble erre sea muy recortada, y ceñida al cuerpo de la moto, sí es cierto que la cúpula es la parte que más crece, y lo hace hasta una cota lo suficientemente alta como para llevar a cubierto la bolsa sobre-depósito que se descartaría en un viaje sobre una moto de corte naked. Así es que, para esta vez, sí que podría llevar algo de equipaje dentro de los 20 litros bien anclados que ofrece la capacidad de la bolsa GIVI Xstream XS308 Tanklock que adapté a la Suzuki GSX-R 750, y que no viajaría, en cualquier caso, en su versión desplegada.

Es cierto que los motoristas parecemos a veces auténticas vedettes, con nuestras dudas, antes de equiparnos para un viaje, más aun con las previsiones, pura incertidumbre, que componían el mapa meteorológico de este recorrido. Hablaban de lluvia para ese día, sí, pero una forma difusa, a base de poner una sola gota sobre una nube como símbolo para cuantificar la precipitación; sin embargo, fueron más de una gota las que cayeron…

Quería evitar, en la medida de lo posible, enfundarme el mono de agua sobre el mono de cuero, y parecer el muñeco de Michelin sobre la moto que exige una mayor libertad de movimientos, no digamos ya conduciéndola en mojado. Finalmente quise guiarme por las predicciones, con lo que decidí ponerme un mono de piel de dos piezas, calzando unas botas de circuito. Sobre el mono, una sencilla chaqueta de nylon antidesgarrable, a modo de abrigo, y nada más.

Si quería llevar unos zapatos, un pantalón y la cámara para testimoniar debidamente el paso por cada hito del camino, no había sitio para el mono de agua.

Terminé de preparar todo en casa, la verdad, sin mirar por la ventana, bajé al garaje ya equipado, con el casco en la mano, y acoplé con un solo clic la bolsa GIVI al accesorio que va atornillado alrededor del tapón de gasolina. Arranqué, y mientras veía elevarse la puerta del garaje, pude distinguir la lluvia que ya estaba cayendo. Todo estaba preparado, previsto y comprometido. No podía echarme atrás, así es que tan sólo me quedó confiar en que escampara pronto, tal y como anunciaba la claridad que pude ver hacia el Noreste, en mi horizonte, poco después.

Primeras sensaciones

La verdad es que constituyeron otro mal presagio del viaje, el peor, casi peor que el de la propia lluvia que me acompañaba, bien a mi pesar, a lo largo de las calles de mi barrio, por las que esas condiciones exigían fijar la atención más de lo habitual sobre coches, peatones y no digamos ya sobre la pintura de los pasos de cebra. El cuello y los trapecios se cargaron en un minuto de forma anormal. Y al entrar en la autovía de circunvalación, casi se agravó la situación con el denso atasco que la lluvia había amasado sobre ella. Mucha más atención, más tensión para controlar los movimientos de los coches, circulando a paso de caracol. El cuello se cargaba por momentos y ni siquiera había empezado el viaje. Pero en el fondo de mi horizonte, continuaba resplandeciendo la misma claridad.

El Ruido

Por fin dejé la circunvalación y entré de lleno en la A-2, escoltado por una legión de automóviles que formaban una nube de agua en spray sobre la que caía la propia lluvia, que no cesaba. Sin embargo, la claridad que se abría sobre el panorama que tenía en el frente continuaba tirando de mí, abriendo la puerta a una seca esperanza. Y en medio del enjambre de coches, me percaté de una compañía con la que no había contado: El sonido del motor, el ruido, según cómo se perciba. La GSX-R 750 lleva el sello Euro-3, por lo que los decibelios que salen por su escape se dejan oír con notoriedad.

Por otro lado y extendiendo el comentario a otro tipo de motos, es obvio que la mayoría de las deportivas que transitan por nuestras carreteras no lo hacen con su escape de origen; así pues, debemos de tener en cuenta ese sonido agudo, o más grave, antes de arrancar para un viaje monótono por la autovía, prolongado durante una jornada entera. Sí es verdad que el aullido de los cuatro cilindros, o el bronco bramido de los dos, suenan como la música más excitante cada vez que enchufamos el gas en una rodada; sin embargo, en un viaje aburrido, tratando de eludir el tedio de la autopista, puede representar un elemento molesto a añadir. Se podrían echar en falta tapones para los oídos, aunque en el caso de un servidor, con un tímpano curtido hace décadas por la estridencia de los tubarros con el extremo en escape libre, le bastó para este viaje con hacer un sencillo ejercicio de aislamiento sobre el escape en las partes más aburridas, o liberarlo para motivarse en los momento más críticos, que también sirve.

Las posturas

Cuando crucé Guadalajara, estaba calado hasta los huesos, aunque para mi triste consuelo, la lluvia se hizo mucho más fina y esa claridad traslúcida, filtrada entre las nubes, que veía desde Madrid parecía ya inminente. Decidí continuar hacia el “altiplano alcarreño” y ver si el viento del viaje secaba algo el equipo.

El cuello

Mientras tanto, el tráfico se había aclarado, y con la autovía despejada, había ganado velocidad hasta alcanzar una cifra a partir de la que el viento tomaba protagonismo, haciendo el viaje más llevadero de lo que se nos podía antojar en parado, y mucho más de lo que presagiaba andando entre calles y avenidas.

Efectivamente, el viento nos impacta en la cara y en el frontal del casco, por muy acoplados que vayamos con la bolsa sobre depósito y por muy aerodinámico que sea el casco. Así es: el efecto del viento libera a nuestro cuello de una gran carga, de casi toda, o de toda la tensión. Podemos apoyar, dejar flotar la cabeza sobre el viento, con lo que el viaje se plantea de otro modo, dándonos un importante respiro, disipando en buena medida la imagen del fantasma más amenazador que se nos presenta antes de salir de casa: el dolor de cervicales.

Pecho y hombros

El primer detalle que debí tener en cuenta estaba en las posaderas: Debía de desplazarlas hasta sentir el tope de la plaza trasera, o del colín, sobre la rabadilla. Puede parecer de “Perogrullo”, pero es cierto que en muchas ocasiones no nos damos cuenta y estamos desaprovechando unos centímetros fundamentales.

Ya con el tronco todo lo aplanado posible sobre la moto, ese flujo de aire también ejercía su fuerza, particularmente sobre los hombros, para tirar de ellos y relajar también la tensión de los abdominales.

Piernas y pies

Como bien sabe el lector, el apoyo ideal sobre las estriberas, pensando en controlar la moto, está en esa línea desde la que arrancan los dedos de nuestros pies, aunque bien es cierto que también se trata de la posición más natural en una deportiva, por ello constituirá nuestro punto de partida de cara a cubrir una buena tirada de kilómetros.

Con los pies en esa postura, las piernas quedan recogidas, con las rodillas elevadas y dobladas, lo que las deja en una posición ideal para enfrentarlas al viento, tanto es así que nos permite darnos el pequeño lujo de abrirlas ligeramente, sólo ligeramente, para llevarlas en una postura mucho más relajada de lo que podría parecer en un principio.

Riñones

He dejado la franja lumbar para dedicarle un apartardo exclusivo, porque se trata de la parte del cuerpo a la que más señalan los detractores de las deportivas en un viaje para que, sin dejar al margen sus razones, tratemos de encontrar algunos recursos, evitando que represente una verdadera torturar, tal y como se escucha, en una travesía de varias horas. De momento, arrancamos y cubrimos los primeros kilómetros tratando de hacer la menor curva posible con la espalda a la altura de los riñones, yendo lo menos encorvados posibles.

Con el paso de los kilómetros

ampliar foto

Francamente, dejando atrás Alhama de Aragón y con más de 200 km constantes de autovía, no sentía ninguna molestia significativa, ningún síntoma reseñable, porque llevaba la mente preocupada en tomar una decisión y el cuerpo aterido de frío, empapado, intentando adaptar todos los músculos a un modo superviviente. El motorista, entre otras cosas, es un ser muy sufrido. De sobra lo sabe el lector.

Estaba claro que llegar a Barcelona, desparramar el equipo chorreando por toda la casa del familiar que allí me esperaba, total, para ponérmelo prácticamente igual a la mañana siguiente y arrancar con el viaje de vuelta se presentaba como un panorama absurdo, y también innecesario. Eso por no contar con la posibilidad de que ese familiar no hubiera llegado aún a su casa en el momento en el que yo me plantara en su puerta. No me cabía en la imaginación un solo minuto esperando, así tal como iba, o peor aun, en plena calle barcelonesa a la luz de una farola. Había que improvisar un plan de contingencia para salvar el reportaje, por lo que decidí llegar hasta la mitad aproximada del camino y dar media vuelta. Con más de 600 km recorridos por la autovía tendría material suficiente, como así creo que fue, para componer este reportaje.

Así llegué a Zaragoza, y, cuando quise dar la vuelta entre sus calles, me perdí. El lector sabrá muy bien lo desvalido que se puede sentir el motorista en semejantes circunstancias: helado, empapado y perdido en una urbe desconocida. Me sentía observado por los peatones como un ser extraplanetario caído con su nave desde la órbita terrestre. Un viandante, un buen hombre, se conmovió ante esa imagen y me ayudó a salir de Zaragoza cuando mis dedos como témpanos no atinaban con la pantalla del teléfono. Al encarar de nuevo la autopista, en sentido contrario, el panorama se abría delante con una oscuridad más amenazadora que la mítica boca de “El Lobo”. Estaba claro, el modo de supervivencia había que aplicarlo también a la mentalidad y al plan del viaje. No había tiempo para comer, ni para otras banalidades como un café o un caldo caliente. Como El Lute: Camina o revienta. Ésta debía de ser la consigna a partir de ese momento y hasta alcanzar por fin la llegada.

Máxima concentración

La lluvia arreció, como presagiaba esa oscuridad del atardecer, y la noche se echó encima como las alas de un murciélago gigante.

Hay un detalle que no se tiene en cuenta, normalmente, al hablar de la lluvia hasta que aparece de forma intensa. Sí, la referencia es al ruido, en momentos atronador, que provocan los mil goterones que se van estrellando contra el casco. Su sonido amplificado en el interior puede llegar a aturdirnos, si le prestamos demasiada atención, más aun si nos obsesionamos. En una deportiva cargada como la de este reportaje, podemos eludir una pequeña parte allanando al máximo la forma superior de la bolsa y acoplando el mentón tras la cúpula del carenado. Pero, tanto en una deportiva como en cualquier otra moto, debemos de hacer un esfuerzo por abstraernos, por aislar ese ruido y por dedicar toda nuestra atención, con su absoluta concentración, en el panorama que tenemos delante y en la conducción que debemos de ir aplicando.

Con lluvia y de noche por la autovía, ni que decir tiene que *no son las condiciones ideales para conducir una deportiva. Es más, a buen seguro que ni siquiera se le ocurrió a ningún ingeniero de la marca, ya sea Suzuki, en este caso, o ya sea cualquier otra, a la hora de diseñarla. Pero bien es cierto, por otro lado, que no hay moto como una deportiva para concentrar nuestra atención, no hay moto como una “doble erre” para acoplarse a ella y meternos en la mentalidad de un piloto de resistencia para afrontar este largo tramo nocturno y lluvioso, de unos 300 km. Nada como una deportiva para aislarnos del resto del universo y meternos de lleno en una conducción detallada y precisa, cuidando el matiz de cada maniobra, de cada movimiento, por leve que éste sea. Nos va mucho en ello, sumergidos en unas circunstancias semejantes.

El agua extra

No tuve mucha suerte en este viaje, la verdad, aunque de nada servía lamentarse; pero lo cierto es que no imaginé tanto tráfico de frente para deslumbrarme, ni tantos coches yendo en mi mismo sentido, arrojándome una ducha extra arrancada desde el pavimento.

Frente a lo primero, no quedaba más que afinar al máximo, enfocar el objetivo de nuestra mirada en las luces traseras de algún coche o en la última imagen bien retenida en nuestra memoria, porque bajo la lluvia, la capacidad reflectante de las pinturas y de las señales se atenúa hasta casi hacerse nula. Por otro lado, esa pintura dibujando flechas continúas a lo largo de esta autovía en el centro de los carriles, cada vez que llegaba un desvío, representaba una inquietud más, si bien es cierto que el paso por encima de ellas, con el trazado que marca la autovía, apenas si se hace inclinado.

Con respecto a los coches que iban en mi mismo sentido, está claro que representaban los peores compañeros de viaje posibles, no digamos ya los camiones, que sólo me dejaban como salida alejarme de ellos. Si aflojaba la marcha y los dejaba ir, el ritmo de la mayoría de aquellos coches, diría de todos, era tan sumamente lento, que la lucha y la resistencia que me exigían este viaje se hubieran prolongado hasta hacerse insostenibles. Así pues, lo más apropiado –dejando al margen la prudente parada en el hotel hasta el día siguiente- parecía ser concentrarme al 110% y abrir gas para alejarme de la romería sobre cuatro ruedas que me acompañaba.

Ahora bien, la expresión “abrir gas” en una deportiva, sea cual sea, circulando por una vía pública, nos puede llevar, incluso lloviendo y de noche, a dejar el límite permitido en el listón de un colegial para un saltador olímpico. Así es que había que afinar mucho el puño y echar de cuando en cuando una mirada de reojo al marcador. Y por otro lado, debía de medir de alguna forma la cantidad de agua que arrojaba la lluvia, así como la que quedaba sin drenar sobre el asfalto, no fuera a ser que levantase una película lo suficientemente gruesa como para provocar el aquaplaning, con la velocidad que llevaba.

El viento

Efectivamente, el amigo Eolo también quiso unirse a la fiesta meteorológica y aportar su importante dosis de complicación; si bien es verdad que, a bordo de una deportiva, uno se compacta con ella hasta formar el binomio más sólido sobre dos ruedas, lo que representa nuestra mejor arma para hacer frente a ese enemigo invisible, y a veces perverso, que representa el viento.

Las molestias más agudas

ampliar foto

Ni que decir tiene que esa concentración que hemos mencionado y que es imprescindible para afrontar un viaje en esas condiciones, nos pasa una factura con el transcurrir de los kilómetros que se suma el cansancio muscular acumulado hora tras hora.

Y ese cansancio, esa fatiga y esas molestias se concentran cuando vas a los mandos de una deportiva, sobre las dos partes del cuerpo que, indudablemente, la convierten en una moto complicada para viajar; esto es: De nuevo el cuello y la zona lumbar.

Cuando todavía me quedaban 150 km para llegar, el dolor de cuello y de los trapecios empezaba a reclamar parte de esa atención que tanto necesitaba; aunque bien es verdad que al cruzar nuevamente el “altiplano alcarreño”, el frío que marca esa tierra como su impronta invernal dejaba las molestias del cuello, lo mismo que la de los lumbares, a la altura de un imperceptible hormigueo. Es curioso cómo la atención del organismo se centra en el aspecto que más le molesta, o le duele, dejando los demás casi desconectados. El frío se suavizó a falta de 100 km y los dolores del cuello y de los riñones se agudizaron, por lo que necesité echar mano de algún recurso para aliviarlos, siquiera en una mínima medida. Para ello, apoyé la cabeza, mejor dicho: la mentonera del casco sobre la bolsa, con lo que sentí al momento un alivio francamente providencial.

Pero, ojo, este recurso invita por naturaleza a que relajemos la concentración, por lo que debemos de hacer un esfuerzo mental para mantenerla y seguir fijando nuestro objetivo en el punto más alejado de la carretera, o en las luces traseras de algún coche que nos sirva de lazarillo, como yo mismo hice a esas alturas, aprovechando el paso de uno que llevaba una buena velocidad. Pero apoyar el mentón del casco sobre un punto fijo tiene, además, otro inconveniente bastante delicado. Al dejar la cabeza fija, solidaria con la moto, bloqueamos ese juego en el que se mueve siempre sobre la línea longitudinal que se prolonga por delante de la moto, saliendo por la nariz del carenado. Ese juego permite mover ligeramente nuestra cabeza, a un lado y al otro de la línea, para tomar la mejor perspectiva sobre cada viraje que se avecina. Así pues, lo más recomendable es aplicar este recurso en los tramos rectos, cuanto más largos mejor, como el que un servidor atravesaba en ese momento. En cualquier caso, si sintiéramos el cuello tan cansado que no nos quedase más remedio que apoyar el casco en un tramo virado, deberemos de tener en cuenta nuestra pérdida de precisión, más determinante de lo que parece.

En cuanto a los riñones, la colocación de la bolsa GIVI llevaba su volumen bastante atrás, quedando justo debajo del vientre, con lo que se brindaba, que ni hecha a propósito, para que un servidor apoyara su obscena barriga sobre ella, haciendo cóncava la curva lumbar, aunque por cortos periodos. Un remedio parcial, en cualquier caso, que deberemos de combinar tratando de liberar tensión, mentalmente por un lado, y relajando las piernas, también, de una manera en apariencia poco ortodoxa; esto es: poniendo los pies de puntillas sobre las estriberas para que las rodillas se eleven hasta el punto que nos permitan apoyar los codos sobre ellas. De esta forma, también las piernas, a pesar de lo que pueda parecer, relajan las fibras musculares más agotadas por la tensión, que pasa a otras, aunque sólo sea por escasos minutos, debido a que no viajan con su postura más natural. Así pues, apoyando el estómago sobre la bolsa y los codos sobre las rodillas, podemos soltar tensión en esos riñones doloridos, y macerados a esa hora, mucho más que por la postura –no hay que confundir- por la alta tensión que exigía la conducción concentrada bajo la lluvia nocturna.

A pesar de todo lo expuesto y aplicado en su momento, debo de confesar que antes de alcanzar Guadalajara, iba pidiendo la hora con urgencia, y que después creí pasar hasta tres veces por el “curvón” que anuncia la variante de Alcalá de Henares, cuando en realidad aún me quedaban más de 10 km para alcanzarlo; que el tramo breve de la M-40 se me hizo tan largo como el periférico completo de París, y, también, que el paso por las calles y el doblaje de las esquinas de mi barrio representaron una propina torturadora, lo mismo que el semáforo en rojo a sólo 200 metros de mi casa y, ¡cómo no!, la espera a que la dichosa puerta del garaje terminara de abrirse. Pero por fin llegué. 650 km en seis horas y diez minutos.

Entrar en casa, soltar la bolsa y desprenderme del equipo empapado, para desparramarlo por el suelo, fue todo uno. La ducha caliente… ¡Cómo describírla al lector! Por encima de providencial, resultó ser uno de los momentos más sublimes de la existencia de un servidor, habiendo cumplido ya 58 julios.

Y al salir del baño, ya seco, desodorado y perfumado, aparecieron las secuelas musculares del gratuito castigo que me había aplicado a mí mismo sobre la autovía. El dolor de cuello perduraba, si bien es verdad, que sorprendentemente atenuado, lo mismo que el agudo dolor lumbar, para que tras media hora de sentirme aseado y bien relajado sobre el sofá, se disiparan por completo. Sin embargo, la sorpresa apareció en las piernas, sobre las que apenas si había sentido alguna molestia a lo largo del viaje.

Bien sabe el lector, sobre todo si es propietario de una deportiva, que las molestias en las piernas y sobre todo las agujetas tras una rodada aparecen, si lo hacen, claramente marcadas sobre los cuádriceps; sin embargo, tras esta particular y en cierto modo dantesca experiencia, sentía esos cuádriceps tan frescos como una lechuga recién cortada, y en su lugar eran los abductores y la parte más alta de los bíceps femorales los que sentía verdaderamente doloridos; tanto es así que me costaba bastante esfuerzo levantarme, izar el cuerpo entero, desde el sillón o desde el borde la cama.

A la mañana siguiente, tras diez horas de un sueño tan profundo como infantil, todo, absolutamente todo desapareció. No quedaba ni una sola molestia, ni la más mínima secuela; tanto es así que salí a hacer mi entrenamiento habitual (un simple mantenimiento), que tiene como base 25 minutos de carrera continua, a pie.
Ni que decir tiene que hubiera estado en condiciones físicas para afrontar ese supuesto viaje de vuelta, posiblemente, en las mismas condiciones; aunque, confesándole de nuevo al lector, entre él y un servidor, mejor que no fuera así.

A nadie se le escapa, está claro, que una deportiva no es la moto más idónea para viajar, que ni siquiera es una moto de viaje. Por otro lado, si alguien tiene en mente comprar una deportiva y guarda la intención de hacer un viaje con ella de cuando en cuando, debería de tener bien presente sus limitaciones en ese terreno, hasta el punto, quizá, de llegar a plantearse la compra de otro modelo menos radical y más polivalente.

Ahora bien. Si el lector es el propietario de una deportiva y le surge en alguna ocasión la oportunidad, o la necesidad de hacer un viaje con ella, antes de descartarla, o de descartar el viaje por completo, tal vez la lectura de este reportaje le haya ayudado a apreciar y a entender otras capacidades de su doble erre y se plantee esa travesía con ella. Si es así, mucha suerte.

Galería de fotos
  • En la Suzuki GSX-R 600 la posición es forzada para viajar
  • La bolsa sobredepósito lleva impermeable
  • La mejor manera de llevar equipaje en una deportiva
  • La lluvia nos acompañó todo el viaje
  • La mochila es un gran aliado
  • Viajando en deportiva
  • Viajando en deportiva por autopista
  • Durante el viaje sufrimos el agua
  • El tiempo no estuvo de nuestro lado

1 Opiniones ¡Opina!

Viaje exprés por autopista en una moto deportiva
Ruben
2016-11-21 21 nov 2016

Buen reportaje,mi gran viaje fue de un dia.De 7 am,a 23 hs.Alrrededor de 1000 km:Madrid.Valencia,Teruel,Albarracin,Cuenca,Guadalajara,Madrid.
Sin duda una gran aventura a lomos de mi Bonnie

¡DANOS TU OPINIÓN!

* Campos obligatorios. Privacidad de datos en los comentarios y responsabilidad de la autoría.

····························· publicidad ·····························

rutas

El Linar del Zaire mejor hotel "motorfriendly" de Ruralka On Road

Primera edición de los Premios hotel Motorfriendly de Rualka On Road

Con motivo de su XV Aniversario la web de rutas y hoteles para los amantes del motor, Ruralka On Road, (...)

2 Ruedas por Zamora: la APP para disfrutar de rutas por tierras zamoranas

La aplicación se ha presentado en FITUR

En un marco de lujo, como es la Feria del Turismo, que se celebra en Madrid durante estos días en (...)

Scomadi bate dos records mundiales

Dos records mundiales con una Scomadi 125.

Markus Mayer ha establecido dos records mundiales a los manos de una Scomadi TL 125 de estricta serie: recorrió 1.691 (...)

Más noticias de rutas »

····························· publicidad ·····························

Las motos que vienen

Indian Roadmaster Classic

Nueva Indian Roadmaster Classic 2017

Tomando como base la Roadmaster, el modelo más lujoso de Indian para realizar largos viajes, la marca americana lanza la (...)

Triumph Street Triple S 2017

Triumph Street Triple S 2017 roja frontal derecha

Es la versión más accesible de la familia Street Triple, compuesta por tres opciones diferentes. Mejor equipada, sustituye a la (...)

Triumph Street Triple R 2017

Triumph Street Triple R 2017 blanca frontal derecho

Versión intermedia de la gama Street Triple de Triumph. Alcanza 118 CV e incluye 4 modos de conducción e instrumentación (...)

Triumph Street Triple RS 2017

Triumph Street Triple RS 2017 gris frontal derecha

Es el tope de gama de la familia Street Triple. La versión más deportiva asciende a 123 CV e incluye (...)

Honda Rebel 2017

Honda Rebel 2017 negro, visión lateral

Honda ha presentado un modelo completamente nuevo, la nueva Rebel 2017, una moto custom perfecta para todas las generaciones de (...)

Más novedades »

Sucríbete a nuestro boletín

····························· publicidad ·····························
····························· publicidad ·····························
SoyMotero.net
Suscríbete a nuestro NEWSLETTER
SÍGUENOS TAMBIÉN EN
Soymotero Facebook Soymotero Twitter Soymotero Youtube Soymotero RSS Soymotero Google+ Soymotero Viemo Soymotero Instagram
©2013 EDITADA POR GLOBAL MOTOR NEWS S.L.
MotoGuía: el consultorio de SoyMotero.net HAZ TU CONSULTA
X