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Brno, el circuito del otro lado del Telón de Acero

Hubo un tiempo no tan lejano en que el planeta estuvo dividido en dos bloques separados por un muro ideológico y misiles con cabeza nuclear. Un tiempo de guerra fría, pasaportes, fronteras y películas de espías.

  • 15/08/11
  • Miquel Silvestre
  • Miquel Silvestre

Un tiempo en que cruzar Europa no era sencillo. Había que superar controles, cambiar de moneda y casi, casi de universo. Un tiempo en que la mayoría de españoles que viajaban lo hacían movidos por el hambre y en el que había dos Alemanias, una donde se ataban perros con longanizas y otra en la que a través de los muros los perros escuchaban la vida de los otros. Un tiempo donde existía un país llamado Checoslovaquia.

ampliar fotocarretera checa camino de Brno.

Ese país ya no existe. Chequia es ahora estado reciente pero de larga historia. Su ciudad más famosa es Praga; monumental y magnífica, antigua y moderna, pero el resto de la nación mantiene todavía una pátina de óxido socialista que salpica la salvaje geografía de un territorio boscoso y agrícola, de suaves colinas, pintorescos valles y sencillos campesinos. Sus habitantes y paisajes todavía parecen estar instalados dos décadas atrás. Y, afortunadamente, sus precios también. Sus carreteras secundarias son estrechas y antiguas. Viniendo desde Munich, las rutas alternativas más directas cruzan infinidad de pasos a nivel sin barreras. Los trenes que se pueden divisar son vetustos aunque, como casi toda la ingeniería comunista, resultan toscos pero funcionales. Siguen en marcha.

El viejo circuito urbano de Brno albergaba carreras desde los años treinta

Todo ese pasado de estrellas rojas y héroes del pueblo nos parece ahora un sueño, algo que nunca sucedió, una historia lejana, una batallita del abuelo y un país que ya nadie puede encontrar en los mapas. Pero sucedió. No hace tanto. Veinte años no es nada, cantaba Gardel. Han pasado unos cuantos más desde 1991, pero las huellas de aquella época aún son visibles cuando se cruza una línea trufada de casinos y burdeles, por eso de que el sexo mercenario y el juego es más barato en los países pobres. Hace apenas tres décadas lo estaba de policías, militares y agentes de aduanas. Era el Telón, y más allá de él poco se podía ver y poco se sabía.

ampliar fotoMiquel Silvestre en el paddock de Brno.

Había, sin embargo, algún agujero en el muro. Huecos por donde se colaba algo de aire fresco en los países comunistas. Pequeñas fallas del sistema que dejaban atisbar un poco lo que se cocía al otro lado. Brno era uno de ellos. El viejo circuito urbano de la que es hoy la segunda ciudad más populosa de la República Checa albergaba carreras desde los años treinta. En 1950 comenzó ahí el Gran Premio de Motociclismo de Checoeslovaquia y a partir de 1965 fue sede permanente hasta 1982 de una de las carreras del Campeonato Mundial, cuya primera prueba tuvo lugar en 1949. En 1987 se inauguraría un nuevo circuito permanente a unos quince kilómetros de la ciudad en medio de un frondoso bosque. Poco tiempo después caería el muro, la URSS se colapsaría, los estados satélites se liberarían del yugo y los checos y los eslovacos decidirían ir cada uno por su lado sin disparar un tiro ni soltarse una mala palabra. Y las carreras siguen.

ampliar fotoEl Circuito de Brno lleva acogiendo carreras desde 1987.

¿Cómo sucedió semejante prodigio en una época de tanta intolerancia? Brno fue en primer lugar un circuito de automóviles donde se disputaron carreras legendarias en tiempos previos a la segunda Gran Guerra. Pero los automóviles son cosas muy serias, muy caras. Tras el conflicto ya se veía venir que eso de la competición automovilística tendría mucha importancia e influencia en el futuro, estaba a punto de nacer algo que se llamaría Fórmula 1. Tras la guerra, la Federación Internacional de Automovilismo no concedió permiso a Checoeslovaquia para organizar una prueba de coches en Brno. Pero justo entonces comenzaba también una cosa pequeña, pobretona, algo sin casi importancia, un deporte, por llamarlo algo, de cuatro chalados que montaban unos raros cacharros de dos ruedas.

La Federación Internacional de Motociclismo, que debía ser en 1965 algo muy parecido a una modesta reunión de amigos, concedió a Brno una prueba anual del recién nacido Gran Premio de Motociclismo. A nadie en ningún establishment pareció importarle que hasta ahí fuera a matarse pilotos melenudos y fumetas subidos en sus locos cacharros recorriendo a toda velocidad las malas carreteras de la rural y bucólica región de Moravia. Ahí se pudran esos hippies debieron pensar en uno y otro lado del Telón. Y desde entonces han acudido pilotos de todo el mundo a correr en uno de los que ha acabado siendo de los circuitos más legendarios del calendario, sobre todo a partir de aparecer en la película «Continental Circus» de Jerome Laperrousaz.

Continental Circus, retrata perfectamente aquel mundo de pilotos humildes e insensatos. Es imprescindible para conocer cómo fue la mejor época del motociclismo. El filme sigue durante todo un campeonato a uno de esos héroes épicos que han nacido para ganar batallas y perder las guerras. Jack Findlay, un australiano que se retiró con veinte años de carrera. En su última época era uno de esos oscuros “privados” que hacen bulto en la parrilla para que los grandes no corran solos, pero hubo un tiempo, el que retrata la película, finales de los años sesenta, en los que Jack competía seriamente por el título mundial.

Pero tuvo la mala suerte de batirse con un genio: Giaccomo Agostini, que era guapo, inteligente y todo lo hacía perfecto. Giaccomo, niño bien y talentoso, era una estrella como hoy lo es Rossi, mientras que Jack conducía su propia furgoneta y reparaba él su moto. Nacido en un suburbio, no tenía ningún glamour. Aún así, quedó subcampeón en 1968. La contraposición entre los dos personajes da un tinte trágico a la película, pero también retrata una época en la que un pobre tipo que no tiene mecánico, que se cura como puede las fracturas y que duerme en su vehículo puede aspirar a ganarle la partida a un niño bonito.

Dwarf8 me ha invitado a acudir al Gran Premio de Brno con un pase para el paddok y la zona VIP. En la Village Vip de Brno, rodeado de pijos, niñas guapas, relojes de marca, camareros y delicatessen, no puedo evitar acordarme de aquellos viejos guerreros de los setenta que conducían sus propias caravanas para ir de circuito en circuito. Aquí Jack Findlay sufrió un accidente que le dejó maltrecho y le alejó definitivamente de la carrera por el campeonato. Aun así tuvo mucha más suerte que otros que se quedaron tendidos en el asfalto.

La película de Laperrousaz comienza con una entrevista a un jovencísimo piloto rubio delante de su familia. La siguiente escena sucede durante la carrera. No se ven las motos ni las curvas, la imagen permanece quieta sobre una joven con gesto preocupado. Se oye el ruido de los motores. Se ve la gente mirando. Entonces se oye un estruendo y un alboroto. Todos saben lo que ha sucedido. La joven también. Mientras los demás corren, ella se echa las manos a la cara para recogerse en el regazo de alguien amigo. Su compañero ha tenido un accidente. Otro más. El jovencísimo piloto era Santi Herrero. Luego comienza una larga lista de otros tantos pilotos fallecidos.

El camposanto de Douglas es sobrecogedor. Muchísimas lápidas tienen motocicletas esculpidas.

El recuerdo de Santi Herrero es otro de los que he ido a buscar en moto en mi particular Ruta de Exploradores Olvidados. Se mató en la Isla de Man en 1970 cuando luchaba por el título mundial con Ossa. Desde entonces la Federación Española prohíbe a los pilotos con su licencia correr en el TT de la Isla de Man debido a su extrema peligrosidad. Pocas cosas quedan de él en ese islote vikingo entre Irlanda e Inglaterra, pero yo lo encontré en el cementerio de Douglas, la capital, justo enfrente de la línea de meta.

ampliar foto

Santi Herrero sobre su Ossa en 1969. © foto: Ossa

El camposanto de Douglas es sobrecogedor. Muchísimas lápidas tienen motocicletas esculpidas. 250 pilotos han fallecido en ese terrible circuito en los poco más de cien años de historia de la carrera. Al final de un sendero de grava descubrí un muro con una placa dedicada a la memoria de los pilotos fallecidos. Es el Memorial Wall. Hay placas más pequeñas. La última era para Santiago Herrero, donde coloqué un humilde ramillete de flores silvestres.

Estaban locos. Corrían en circuitos urbanos, sin protecciones, con cascos que parecían tarteras, con motos de dos tiempos que los lanzaban por el aire cuando gripaban y el motor se agarraba. Corrían sin esperar fama ni dinero, sin fans haciendo cola, sin periodistas, cámaras de televisión, motorhomes, azafatas, cáterings, agentes de prensa. Corrían porque amaban correr. Por eso estaban locos.

Por eso este tiempo ya no es aquel. El mundo ya no está dividido por el comunismo sino por la pobreza. Los Grandes Premios de Motociclismo eran una cosa de cuatro chiflados románticos a los que hasta se dejaba cruzar en sus furgonetas desvencijadas el Telón de Acero para estrellarse contra sus insensatos sueños de velocidad.

ampliar fotoAzafatas del Gran Premio de la República Checa en Brno 2011.

Sin embargo, observando este colorido circo de vanidades y bebidas en fino vaso de cristal, me parece que hoy todo el romanticismo que queda en las carreras profesionales de motos cabría en el hilo dental del tanga de una de estas ceñidas azafatas que pasean palmito por el paddock.

Galería de fotos
  • Miquel Silvestre, acceso al Circuito de Brno, GP República Checa 2011
  • Miquel Silvestre, saliendo del Circuito de Brno, GP República Checa 2011, en una parada de su Ruta por el Mundo
  • Torre del Circuito de Brno en la República Checa
  • Moto de Miguel Silvestre en su Ruta de los Exploradores Olvidados 2011 en una carretera de la República Checa
  • Miguel Silvestre en el el Paddock del GP de República Checa, en Brno, durante un pequeño descanso en su Ruta de los Exploradores Olvidados
  • Azafatas del GP de la Republica Checa AB Cardion 2011 en Brno
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