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El Motodrome: rodando en una pared

Transitar conduciendo una moto, metros y metros, kilómetros, exactamente a 90 grados con respecto al suelo sobre el que todos caminamos, es el pan nuestro de cada día para Jan Laurens y Durck Miedema, los acróbatas del Motodrome.

  • 09/10/16
  • Tomás Pérez Sánchez
  • Tomás Pérez
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La imagen dibujada en el cartel exterior de la atracción me trasladó al instante a aquellas antiguas películas, por descontado en blanco y negro: pero además con un luz oscilante, de una forma defectuosa, y con un audio enlatado como seña inconfundible de los primeros filmes sonoros, que no sé por qué razón recuerdo siempre con personajes mafiosos como protagonistas.

El que no haya visto jamás un motodrome, ni tenga una noción de lo que significa esta palabra, sencillamente se quedará boquiabierto cuando descubra cuál es la esencia de esta atracción. Durante la pasada concentración de BMW en Garmisch (Alpes alemanes), lo mismo que en la reciente de Formigal, también convocada por la marca bábara, habían montado uno de ellos, un motodrome, para deleite y diversión de “bemeuvistas” y visitantes admiradores del bóxer, y del resto de la gama teutona.

Hace más de 80 años

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El cartel con su dibujo pre-Hergé y la Indian expuesta a la entrada, coetánea del mismísimo Alfonse Capone, terminaban por acrecentar la intriga de esos visitantes y provocar su desconcierto. Ninguno de ellos imaginaba lo que se cocería dentro de esa atracción, con el inofensivo aspecto de un tíovivo cerrado que ofrece al exterior.
Al subir la escalinata y descubrir las entrañas del motodrome, la extrañeza se mezcla con la curiosidad, contemplando una forma cilíndrica, construida totalmente en madera, sobre la que el público se va situando arriba y alrededor, llenando el círculo superior de ese cilindro, para proyectar su expectación sobre el interior, como si se tratase de un coso de luchadores.

La distancia no es muy grande. Si miramos al espectador que tenemos justo enfrente, no lo encontraremos a más de diez metros; y si después apuntamos nuestra atención hacia los dos acróbatas, Jan y Durk, que se están preparando para su actuación sobre el suelo del coso, los veremos a unos tres metros, más o menos, bajo nuestros pies. Por tanto, las dimensiones no son muy grandes, y eso facilita las espectaculares evoluciones que veremos a continuación.

En Camisa

Los protagonistas salen al centro del escenario para saludar al respetable vestidos de negro riguroso, en magas de camisa, remangadas y sin nada puesto en la cabeza que se parezca a un casco, o si quiera a una chichonera. Esta vuelta de espaldas al equipamiento, puede parecernos una auténtica temeridad, en un principio; sin embargo, poco después la contemplaremos como la confianza absoluta que los dos avezados motoristas tienen puesta en unos ejercicios que les resultan tan naturales como comer o como dormir. Y en cualquier caso, ¿quién está dispuesto a censurar al trapecista, o a cualquier acróbata del circo, por salir a la arena sin casco, ni nada que se le parezca, y con el torso desnudo, por ejemplo?

Vuelta de calentamiento

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Sin dar tiempo a que el público haga siquiera el amago de impacientarse, incluso con algunos aplausos de acogida sonando aún, Jan toma un ciclomotor con tantas partes de su pequeña carrocería desmontadas, o recortadas, que cuesta reconocerlo como un antiguo Puch X-30, o algo muy semejante. Y antes de que los espectadores reaccionen, Jan se sube a él, lo pone en marcha y mete la rueda delantera sobre el primer resalte de la pared: un peralte de unos centímetros de ancho e inclinado a 45 grados de la vertical. Da un par de vueltas encima de ese estrechísimo carril, tomando velocidad, y ante la perplejidad de todos, se eleva y comienza a rodar sobre la pared vertical del cilindro, haciendo círculos completamente perpendiculares al suelo.

Parece muy fácil

Tal vez lo más sorprendente de todo es la facilidad con la que hombre y moto se mantienen sobre ese fantástico equilibrio, que se antoja inverosímil a los espectadores antes, e incluso después de presenciarlo con sus propios ojos.
Tras la primera exhibición del ciclomotor, Jan y Durk se turnan sobre las dos Indian de museo, a las que, por cierto, se las ve funcionar a la perfección después de arrancar a patada con una palanca que desmontan cada vez que salen al ruedo.
Todo parece tan fácil: La moto de Jan, y luego la de Durk, pasan girando y se elevan hasta una línea roja, pintada medio metro por debajo de las miradas incrédulas de los espectadores. Se sueltan de una mano, de las dos, y, no contentos con ello, se sientan de lado, atravesados a la marcha que llevan y con la frente apuntando directamente al suelo que vemos los demás; sí, nosotros, los que estamos con los pies puestos sobre tierra firme, mientras ellos viajan colgados, únicamente, de la fuerza centrífuga. En realidad, el plano de sus vidas gira 90 grados para los dos, y siguiendo siempre el sentido contrario a las agujas de un reloj, subir es para ellos virar la moto a la derecha y bajar es hacerlo a la izquierda; sí, tan sencillo como si circularan por una apacible carretera… horizontal.

Dos a la vez

En un punto de la actuación, se detiene todo movimiento y Mirko, el speaker, anuncia el siguiente número; sin duda, el más arriesgado de la atracción. Jan y Durk encienden el motor de las dos Indian, se miran el uno al otro, y arrancan su marcha al unísono, dentro de una perfecta sincronización, en la que Jan va pendiente de Durk, y viceversa, para que cada moto ruede, exactamente, a un semicírculo de distancia respecto a la otra.

Es el plato fuerte, el colofón de una serie de números perpendiculares dentro de ese coso de madera.

Como el marino en tierra

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Una vez concluida la atracción, Alejandro, compañero de otro medio, presente en Formigal, convino aquel día con Jan en probar la experiencia de la perpendicularidad, subiendo de pasajero en la Indian, pero colocado en una posición inusual: Delante, sentado sobre la exagerada amplitud del manillar.

Finalizada la insólita experiencia, Alejandro me describía sus sensaciones diciendo que mientras viajaba dando vueltas en círculo, y a noventa grados del mundo habitual, no tenía verdadera conciencia de ello, que no se enteraba mucho y que, si acaso, percibía la vaga sensación de desplazarse en una subida permanente. Sin embargo, al bajarse de la Indian y poner los pies sobre el suelo firme, y horizontal, sintió una desorientación terrible, de cuyos efectos, en forma de tumbos y traspiés, fueron testigos los ojos de un servidor. Sí, extendía las manos, buscando con cierta desesperación un apoyo firme. Finalmente, se sentó sobre un taburete mientras se disipaba esa desconcertante sensación, un tanto nauseabunda, del mareo en tierra, elevado al cubo, que tradicionalmente sufren algunos marinos al desembarcar.
Antes de abandonar el coso del motodrome, charlé durante un minuto con Jan y con Durck, y me decían que ellos no sufrían ninguna desorientación, ningún síntoma, que para ellos, era tan natural como caminar; y que si habían sentido un mareo alguna vez en su vida, había sido en una noche destemplada, algo pasada de copas.

Galería de fotos
  • Cuando lo vertical, termina siendo horizantal
  • La pared de madera en el Motodrom
  • Una línea roja es la única referencia
  • A los especialistas no les hace falta ver
  • Dos a la vez ¿misión imposible?
  • Una indian para rodar en el Motodrome
  • Motodrome, una cápsula del tiempo
  • Una carpa y un foso, todo emoción
  • Los pilotos del Motodrome
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