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El Motorista de Vitruvio

La tribuna de Tomás por Tomás Pérez Sánchez

Mucho se habla y, desde luego, mucho se aprecia el sentido solitario, el punto de libertad, del motorista que se adentra solo en la ruta. Este editorial, sin pretender el desarrollo de un ensayo filosófico, trata de poner de relieve la esencia y la profundidad que trascienden a la propia sensación de viajar solo en una moto, y que tanto llena a quien la experimenta.

  • 27/11/16
  • Tomás Pérez Sánchez
  • SMN

La soledad constituye en sí misma el agujero negro que asola ese abismo abierto sobre el más allá del ser humano. La soledad se presenta, probablemente, como el temor que más nos sobrecoge al pensar en un futuro incierto, cuando por ejemplo la vemos cernirse, como una sombra opaca y silenciosa, sobre indigentes y transeúntes. La soledad también nos crea una severa zozobra al pensar en nuestro porvenir más lejano, en la vejez; presentándose como la conminación más negra sobre unos últimos años dignos y llevaderos. Una amenaza que aparece muchas veces de un modo tan implacable que nos contrae el diafragma, con ese vértigo escalofriante que, más allá del propio temor a nuestro ineludible final, llega a ser tan claro e intenso como para engendrar en nosotros la vital necesidad de negar rotundamente su existencia.

Bien. Discúlpeme el lector que haya arrancado esta columna con un tono tan trascendental, y particularmente tétrico; pero me temo que el personaje que pretendo presentarle, cuando menos, necesita de una puesta en escena dentro de esa dimensión.

Hablamos de “La Soledad”, y pensamos por lo general, al nombrar el sustantivo, en la tristeza, en el vacío e incluso en el dolor que nos puede embargar al sentirla. Sin embargo, si tiene a bien el lector, y también sin pretender exponer en este texto una disertación de rango filosófico, permítame que exponga las tres dimensiones en las que, al modo de ver de un servidor, se presenta la soledad en el ser humano.

Efectivamente, es esa la soledad del vacío, de la pérdida, de la ausencia, a la que aludíamos. Es la tristeza más desconsolada que brota cuando alguien que ha protagonizado una parte esencial de nuestra vida ya no está con nosotros. La angustiosa sensación de lo perdido, y de todo punto irrecuperable, que taladra nuestro interior para morder como una alimaña nuestras entrañas más afectivas, sintiendo la soledad en su modo más doloroso.

La soledad plana y gélida del individuo que no halla ni la brizna más insignificante de afecto, ni de compañía, ni siquiera de calor, en medio de una multitud. Es sentirse solo, sin acento en castellano, o si se prefiere acudiendo a otro idioma, señalando la voz inglesa “loney”. Sentirse solo como un electrón girando aislado en una órbita infinita, apartado de un colectivo que vive en la aparente cohesión sostenida por un afecto festivo e histriónico. Es la soledad del apartamiento, del sentido exilio. La soledad de la marginación.

Puede representarla la soledad del náufrago; pero en nuestro mundo de la moto, lo hace mejor la situación de aquel piloto perdido en medio del Sahara que participó en un Dakar primitivo y que tuvo el infortunio, mucho más allá de verse fuera de la carrera, de encontrarse con la vital amenaza de acabar sus días por pura inanición. El individuo perdido indefinidamente en el mar, o en el desierto, vive el tercer estado de la soledad: la desolación, la simple circunstancia de sentirse desvalido.

Polo Arnáiz ha cruzado América de norte a sur

Bien. Un servidor ha mencionado tres estados de la soledad. Pero en realidad hay un cuarto, y con él llegamos al punto y a la esencia que da sentido a este editorial:
El Solitario.

Después de tanta tristeza y de tanto sufrimiento, de tanto temor y de tanta desolación, encontramos por fin la dimensión más placentera de la soledad, que también la tiene, desde luego. Un aspecto de la soledad que llega a resultar verdaderamente sibarita, y del que el motero disfruta como pocas especies del Planeta, dejando al margen la versión de Hesse y su Lobo Estepario, por supuesto.

El Motorista de Vitruvio da sentido a la apreciación más solitaria de la soledad, y apoya su razón de ser en el verdadero placer introspectivo que siente el individuo que se sube a una moto y se interna con ella solo en una travesía, ya sea más corta o más larga, para dejarse guiar por el mero devenir del viaje. Ese sujeto vive a lo largo de esos momentos una experiencia existencial que le lleva a sentirse él consigo mismo de la forma más intensa y compacta. Vivirá un sentimiento tan trascendental que le sumergirá en la idea renacentista de el hombre como centro del Universo, hasta el punto de representar, sobre una moto, aquella imagen absoluta que concibió Da Vinci, y que plasmó en su dibujo universal enmarcado por una cuadrícula circunscrita: El Hombre de Vitruvio.

El motorista solitario vive con una intensidad inaudita esa inefable sensación de vivir la soledad en solitario, de sentirse el centro del Universo, pero no como individuo, sino como actor intérprete de una especie completa, de un ente absoluto: El Hombre.

Efectivamente, el motorista solitario se deleita, como ningún otro, con esa vivencia interior a la que invita el devenir libertario que sugiere una moto, cualquiera de ellas. Ese sentido de libertad al que todo el mundo ajeno a las dos ruedas señala y al que las marcas han visto en los últimos tiempos, con muy buen criterio, como un nuevo filón comercial, como un reclamo que basa su esencia en esa faceta placentera, profunda como ninguna, que representa el hecho de sentirse solitario, que vive el motorista que monta solo –sin acento- y que a la postre encarna el personaje cuyo nombre da título a este editorial.

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La tribuna de Tomás, 27/11/16

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Opinión de Tomás Pérez Sánchez

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