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El piloto del Tourist Trophy o la arrebatada pasión por el motociclismo

Durante nuestra visita a Isla de Man pudimos hablar con John McGuinness, quien nos reveló parte de la esencia que guardan los pilotos del Tourist Trophy, a los que vimos con asombro poner de relieve su pasión por la velocidad durante el Senior TT, la categoría reina de la semana de carreras urbanas más antigua del mundo.

  • 16/06/16
  • Tomás Pérez Sánchez
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El mayor peligro que acecha al motorista con mucha experiencia viene dado, generalmente, por su posible exceso de confianza. Preguntamos a John McGuinness si alguna vez ese posible exceso de confianza, dado que su experiencia en la Isla de Man data de 1996, le había llevado a cometer algún error. El piloto de Honda nos respondió que siempre le ha tenido mucho respeto al circuito del TT, por lo que no ha podido tener nunca un exceso de confianza: Trato de que todo vaya bien con los mecánicos, de que todo funcione bien en la moto, y entonces puedo tener confianza para apretar un poco más durante la carrera.

Sus palabras nos llegaron bajo la carpa que tuvo montada en el paddock, a modo de pequeño museo donde, por cortesía de la firma de neumáticos Dunlop, pudimos admirar la selección de motos con las que el piloto de Morecambe ha corrido en la Isla de Man. Desde la 250 2T hasta la eléctrica de la categoría Zero, el propio piloto nos fue explicando algunas características de ellas, así como las victorias que consiguió con cada una.

John nos explicaba cómo a sus 44 años, el paso por tantas carreras en la Isla había envejecido su rostro hasta aparentar más edad, mientras que por dentro se sentía como un chaval de 21, con la vitalidad y la ilusión propias de esa juventud.

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Después, con un sentido del humor muy propio de los británicos, nos explicó a modo de anécdota el problema técnico que sufrió con la moto eléctrica al aterrizar en el legendario salto de Ballaugh Bridge. Decía John que el botón de seguridad se aplastó debajo del asiento y que la moto se apagó (textualmente) como una PlayStation. Luego, con una llaneza impropia del “divismo” que se le podría suponer a la mega estrella que representa en la Isla, el piloto nos mostró su preocupación, reconociendo lo bien que estaban yendo este año las BMW de sus rivales, como así se demostró al día siguiente, durante el desarrollo del TT Senior. Para concluir la pequeña recepción, John nos comentó cómo pasaría esa tarde anterior a la carrera, a modo y semejanza de lo que hacen buena parte de los pilotos del TT. Nos dijo que saldría a dar un paseo con su familia y que se comería un helado, para apartarse de toda la responsabilidad que entraña casi su obligación de ganar, y sobre todo de la enorme tensión que representa lanzarse a una carrera en la Isla de Man. Una tensión que tratan de aliviar, unos y otros pilotos, de las formas más variadas, sin dejar de tener presente el permanente acecho de la parte más negra que entraña esta carrera.

Algunos pilotos que viven en la propia Isla dejan cortado el césped de su casa el día anterior a la carrera, no vaya a ser que no puedan hacerlo después. Otros, por ejemplo, dicen sentir cómo el último ser humano que puede tocarles es el marshall Paul Kermode, con su característica palmada en el hombro, para darle la salida sobre una línea que deja a la izquierda las tribunas de la recta, y a su derecha la tapia de un recinto apacible, que sin embargo se erige para los pilotos como una sombra macabra, imponiendo su luctuosa presencia sobre su ánimo y sobre su posible destino en la carrera: el cementerio de Douglas.

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El viernes pude presenciar el desarrollo de la carrera más importante de la Isla desde la tribuna que la firma de neumáticos montó para sus invitados, justo enfrente del cartel que marca el comienzo de la milla 15. Desde allí veíamos un tramo que no alcanzaba el medio kilómetro, y que sin ser ni el más famoso, ni el más emblemático ni tampoco el más espectacular, resultó de lo más revelador para apreciar la concentración, la apasionada valentía y también el temple de un piloto del TT controlando su máquina a una velocidad que, sencillamente era imposible de imaginar antes de ver pasar al primero de ellos, una velocidad que se antoja irreal cuando la estás viviendo.

Solamente con el paso endiablado de las motos por esos 500 metros mal contados da una idea a cualquier aficionado, con un mínimo de criterio, de que un piloto que toma la salida en una carrera de la Isla de Man es alguien completamente diferente a lo que ha conocido y conocerá jamás.

Cuando vimos aparecer a McGuinness entre las últimas casas de la población que concluía en el arranque de ese tramo, en la milla 15, ya llevábamos unos segundos sobrecogidos escuchando el aullido de su motor empujando como una criatura poseída por el mismísimo demonio de la velocidad; pero en el momento de irrumpir en el panorama que teníamos delante, el escaso segundo que lo mantenías a la vista te dejaba sencillamente atónito. Por mucho que me esfuerce en describir al lector la escena, creo que tan sólo lograré transmitirle una mínima parte de la impresión que te deja en el cuerpo ver a un piloto retorcerle absolutamente todo el gas a una verdadera Superbike, con sus doscientos y vaya usted a saber cuántos caballos, empujando con una rabia inaudita en cuarta, a escasos centímetros de las últimas fachadas y de la tapia maciza que a continuación acota la carretera.

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Podemos decir que ése era el primer plano de la secuencia, de la reveladora secuencia, pero a continuación había un segundo, más largo y que resulta más espeluznante si cabe:

Después de la mínima recta (apenas unos 300 metros) que se extendía a lo largo de una suave subida, la carretera dibujaba un codo muy rápido, sobre el que jamás, pasando por allí en coche, o en moto, podrías imaginar que hay un badén, una ondulación con un salto. Ver trazar a los pilotos, segando literalmente la vegetación en el lado derecho de la carretera, a 250 por hora, para dejar a continuación la moto inclinada y suspendida en el vacío, pone el vello de punta. Pero es que, en el instante siguiente, cuando la SBK aterriza y se descompone contra el asfalto, apenas a unos centímetros del bordillo que marca el exterior de la calzada, simplemente, se te para el corazón. Y cuando aún no da tiempo para asimilar lo que acabas de ver, el asombro brota dentro de ti observando, ya a lo lejos, cómo el piloto sujeta la máquina y la gira con una precisión mágica para meterla en el viraje del fondo. ¡Qué dominio de la moto en una situación tan extrema, con peligro mortal acechando en el margen!

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Un par de horas más tarde, volvía hacia el autobús de Dunlop atravesando un bosque manx a lo largo de una senda de fábula, mientras que sentía una vez más exactamente lo mismo que en mi visita anterior al Tourist Trouphy: Yo no soy ningún apasionado de la moto, en absoluto. Tan sólo soy un aficionado sin apenas implicación, para el que la moto representa algo nimio que no va más allá de un simple entretenimiento, como el del videojuego con el que pasan más rápido las estaciones del metro. La Isla de Man: ¡Esto sí que es pasión! Una pasión arrebatada por la moto y por la velocidad, que los británicos han ido preservando, mimando y cultivando desde los propios orígenes de las carreras. Un piloto del TT es mi referencia, a la hora de hablar de cómo se siente y de cómo se vive la moto con verdadera intensidad. Muchos les juzgan, les tachan de locos, incluso de suicidas, pero la inmensa mayoría lo hace con un desconocimiento casi absoluto, sin ni siquiera haber pisado la Isla de Man una sola vez. El piloto del TT, desde luego, merece un profundo respeto; pero sobre todo pienso que debe de inspirar en el verdadero aficionado una inconmensurable admiración. La forma ancestral en la que se vive el motociclismo merece ser mucho más conocida y divulgada.

Al menos, una vez en la vida hay que visitar la Isla de Man y respirar su particular atmósfera motociclista; al menos una vez en la vida hay que vivir el Tourist Trophy en el borde de su circuito, y al menos una vez en la vida hay que ver y conocer en directo al verdadero “apasionado” de la moto: el piloto del TT.

Galería de fotos
  • John McGuinness, Michael Dunlop y Ian Hutchinson, podio del Senior TT 2016
  • John McGuinness, piloto oficial Honda y récordman vivo del TT de la Isla de Man
  • John McGuinness junto a su Chrysalis monocilíndrica de 2000
  • Tourist Trophy de la Isla de Man en estado puro
  • Las road races se celebran en la Isla de Man desde 1907
  • James Hillier (Kawasaki), tercero en el Superstock TT 2016
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