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Gran Premio de Aragón 2015: un viaje como los de antes

El Gran Premio de Aragón es la tercera parada del Mundial de MotoGP en España. Vamos a contaros como es este Gran Premio desde un enfoque diferente al habitual, sin decir una sola palabra sobre la competición. Empecemos hablando del viaje, que en comparación con otras carreras es un elemento esencial.

  • 25/09/15
  • Juan Pedro de la Torre
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Los que viajamos desde Madrid al Gran Premio de Aragón nos planteamos un primer dilema: ¿autovía o carretera nacional? ¿Viajar por Zaragoza, o adentrarse por los páramos de Molina y las sierras de Teruel? Un planificador de viajes me indicaba que tomando la autovía ahorraría 20 minutos en el desplazamiento a pesar de hacer 40 kilómetros más. Pero me dije: voy a hacer un viaje como los de antes.

Así que cuando llegué a la altura de Alcolea del Pinar, decidí abandonar la A-2 y poner rumbo a Molina de Aragón. Es una ruta más que recomendable: el paisaje es muy entretenido; el firme, por lo general, bastante bueno; el trazado, una delicia. Y si, como me ha sucedido a mí, tienes la fortuna de lidiar con soltura el tráfico de camiones o de vehículos agrícolas, el viaje se vuelve maravilloso. Reconozco que un mal día de tráfico te puede amargar la ruta, pero en esta ocasión he disfrutado con el placer de viajar por antiguas carreteras, recuperando las sensaciones del conductor, reeducándome en el uso de las vías de doble sentido.

Creo que debería ser un ejercicio obligado para todo conductor regresar de vez en cuando a estas carreteras. Te obligan a conducir con más atención, a ser más intuitivo y también más respetuoso. La autovía nos atrofia (pero bendita sea por el bien y la seguridad de todos). La carretera nos enseña a conducir.

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Atraviesas una sucesión de tierras de labor en diferentes fases. Las tierras de Molina se las reparten casi a partes iguales el girasol, los barbechos, y los resecos rastrojos que aguardan a que la llegada de las lluvias permita aventar sus entrañas. Por el camino los pueblos parecen desiertos, pero abundan los andarines por los márgenes de la carretera que gustan de ver pasar el tráfico. En Rillo de Gallo es inevitable parar a contemplar una réplica de La Pedrera que un paciente vecino levantó con sus propias manos, a imagen y semejanza de la obra de Gaudí.

Llegando a Molina, su castillo y su muralla impresionan. Me paro a tomar un cafelito caliente en el Parador de Santa Rita, un cuidado hotel rural levantado sobre una antigua fábrica de chocolate. El recio clima de Molina, famoso por marcar mínimos de temperatura durante el invierno, convirtió la fabricación de chocolate en un negocio próspero. Molina llegó a tener hasta cuatro fábricas, pero solo queda en pie una, más por cuestión de tradición que por otra cosa. La actividad en la comarca da para poco. A pesar de estar en el corazón del Alto Tajo, el turismo rural es muy de temporada, porque el frío espanta mucha clientela. El Parador aguanta a duras penas con visitantes ocasionales y algún funcionario que habita en sus cuartos de lunes a viernes.

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El abandono es el sino de estas tierras. Entre semana, aparentemente, carecen de vida, y la actividad parece concentrarse en torno al bar, o al tendero ambulante que anuncia su llegada con el afónico claxon de su vehículo. Con suerte, si haces el camino durante el fin de semana, puedes encontrarte con el bullicio de unas hacenderas, aquellas labores comunitarias en las que todos los vecinos se implican: limpiar las regueras, retejar el lavadero, desatrancar las fuentes… Tareas culminadas en una celebración.

Los páramos de Molina son duros, siempre lo fueron y ahora más, cuando hay menos brazos disponibles. Solo quedan los viejos, que han echado raíces y se han quedado atados a la tierra. Los hijos dispersos por las capitales: unos a Madrid, otros a Barcelona, alguno en Zaragoza. Hay llanos yermos que revelan la despoblación. Pero el paisaje no es feo, te atrapa. Sientes la tentación en explorar el siguiente desvío, en salir de tu ruta u dejarte sorprender por nombres que despiertan tu atención: Prados Redondos, Ojos Negros… Teruel nos recibe con el arrabal de su primer pueblo, Monreal del Campo, unos corrales de arcilla desperdigados más allá de las vías del tren.

Enseguida el terreno se yergue. Las sierras de Teruel se suceden una tras otra. Hay una sucesión de puertos que nos hacen disfrutar: Bañón, Mínguez, Las Traviesas, pasos altos, entre 1.180 y 1.300 metros. En determinados puntos las balizas del camino advierten de hasta qué punto el invierno se hace difícil por aquí. Desde lo alto de Las Traviesas se divisa en la lejanía la fumarola de la chimenea de la central térmica de Andorra, que nos saluda como un pañuelo agitado al viento.

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Por el camino seguimos encontrando nombre singulares: Cosa, el río Pancrudo. Hay un Martín del Río, y un río Martín. El terreno es encarnado, naranja y ocre. Es el color de la historia de esta tierra, de la arcilla, del mudéjar, que toma forma en todos los pueblos por donde pasamos. Y de repente, una recia pared rocosa, oscura y frondosa, se levanta. Llegamos a Montalbán, cuenca minera que vive la amargura del abandono y el fin de las explotaciones. Nos recibe con un cartel, “Montalbán en Fiestas”, sin saber si han sido o van a ser. El pueblo crece como amontonado en torno a la carretera y el río, en una estrecha y larga sucesión de casas.

Las hondas hendiduras de los ríos, que horadan cárcavas y roquedas, condicionan la fisonomía de los pueblos. Kilómetros después de Montalbán, Alcorisa se alarga con la carretera, con edificaciones estrechas y eminentemente verticales, con sus casas de piedra, la mayoría tocadas por arcos de media punta. El Guadalopillo esculpe un desfiladero que sirve de portal de entrada al pueblo.

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Después de Alcorisa los páramos del camino y las primeras sierras dejan paso a una fértil vega que se llena de olivos y frutales. Son las tierras de Calanda. Las del célebre melocotón, del tambor, y de Buñuel. En paralelo a la carretera se dejan ver los vestigios de la línea de ferrocarril de Teruel, que nunca llegó a utilizarse, una suerte de arquitectura ferroviaria que resiste el paso de los años sin inmutarse, como la vieja estación de Alcañiz, situada no lejos de Motorland. Enseguida descubrimos nuestro destino: la catedral y el parador, inconfundibles: hemos llegado a Alcañiz.

Sorprende encontrar La Estanca, un pantano de generosas dimensiones, en el árido emplazamiento de Motorland. Es un contraste total con el terreno, un inesperado encuentro. Culminado el viaje, seguiremos hablando del Gran Premio de Aragón desde otro enfoque. Mañana, el maná de las carreras.

Galería de fotos
  • Alcañiz, emplazamiento del Gran Premio de Aragón.
  • La central térmica de Andorra en una lejana vista.
  • Calanda es famosa, entre otras cosas, por su melocotón.
  • La abandonada estación de Calanda.
  • La siempre imponente vista de Molina de Aragón.
  • El arte mudéjar nos acompaña durante buena parte del recorrido.
  • Insólito homenaje a La Pedrera en Rillo de Gallo (Guadalajara).
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