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Nico Terol nos cuenta su aventura patagónica de regreso a España

El piloto del Bancaja Aspar Team nos narra de primera mano su travesía junto al equipo de Jesús Calleja por el Campo de Hielo Sur Patagónico.

  • 16/12/10
  • Nico Terol
  • Aspar Media
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Termino de aterrizar en Madrid después del viaje más fascinante de mi vida. El jet lag está haciendo de las suyas, pero siento la necesidad de contaros los entresijos de una experiencia que saborearé siempre.

Todo empezó en Madrid hace aproximadamente quince días. Volé desde Alicante y en el Aeropuerto de Barajas me uní a Jesús (Calleja), Emilio (cámara del programa Desafío Extremo) y Quique (hermano de Jesús), mi ángel guardián en el día a día contra el hielo. A Jesús ya lo conocía, con Quique coincidí un momento en el Gran Premio de Portugal, y a Emilio me lo presentaron allí, antes de embarcar. Qué tres genios, que conste que me anticiparon dónde me metía, aunque creo que cuando relataron los pormenores de la expedición era demasiado tarde.

Sabía que iba de cabeza a la guerra, pero en mi fuero interno sé que soy un tipo duro y no me amilané, iba dispuesto a lidiar con lo que viniera. Emprendimos rumbo a Buenos Aires, primero, y Calafate, después. En el último trayecto aéreo (Buenos Aires-Calafate), las turbulencias confirmaron algo que Jesús, Emilio y Quique no dejaron de repetirme mientras cruzábamos el charco: en aquel rincón del mundo el viento es insoportable. En Calafate nos recogió Julián, uno de los mejores guías de la Patagonia, de hecho colaboró en el reportaje acerca de la película ‘Viven’. Un argentino muy agradable. La primera noche la pasamos en Calafate en un hotelito muy acogedor, salvaguardado por varias montañas.

Nico Terol con Jesús Calleja en el Campo de Hielo Sur Patagónico

De ahí fuimos en coche al Chaltén, un pueblo pintoresco vecino al parque natural de los glaciares. Llegamos a la hora de la cena y nos invitaron a tomar un cordero exquisito en una cantina lugareña. El mejor lechal que he probado en Argentina. El día siguiente ultimamos todos los preparativos para la expedición, y también tuvimos tiempo de conocer a los chalteños. Gente muy hospitalaria y desprendida, nos convidaron a tomar mate en varias de sus casas. Ese mismo día nos enteramos de que en el Campo de Hielo Sur Patagónico, hacia donde nosotros nos dirigíamos, había tres montañeros (dos argentinos y un mejicano) atrapados por el viento sin su material, y estaban a merced del frío. Después supimos que el mejicano falleció y los dos argentinos tuvieron que ser evacuados con un helicóptero. Ahí fue cuando Jesús me preguntó, “¿sabes dónde te has metido?”. He de confesar que me sentí un poco intimidado, pero pensé que si ellos podían, yo también.

Nico Terol, en la Patagonia luchando contra el viento y el hielo

Ésa fue mi última noche antes de empezar la caminata, y no dormí muy bien, estaba inquieto, sentía el típico nerviosismo previo a algo grande, como el sábado por la noche antes de una carrera. El primer día anduvimos ocho horas, éramos un total de nueve personas a través de los glaciares. Los primeros días hablábamos mientras caminábamos, y poco a poco fuimos conociéndonos. Pero con el paso de las jornadas, el viento era tan ensordecedor que ni gritándonos alcanzábamos a comunicarnos. Así que se caminaba en silencio, se aprovechaba los parones para intercambiar sensaciones, grabar, y disfrutar de las sublimes vistas. Exceptuando los tres días previos a la ascensión al Cerro Gorra Blanca, que tuvimos que estar confinados en un refugio chileno para guarecernos de un temporal de viento y nieve, el resto, la actividad era bastante similar.

Tocaban diana a las siete, desayunábamos un poco de leche en polvo con café, y recogíamos el campamento. Poco más tarde de las ocho estábamos en marcha, pertrechados con nuestras raquetas para pisar la nieve, y las mochilas de aproximadamente 25 kg de peso. Al mediodía parábamos a tomar un tentempié rápido, y seguíamos caminando hasta las cinco o seis de la tarde, a continuación desplegábamos el campamento y nos preparábamos para vivaquear. Supongo que os podéis imaginar cómo es la vida a diez grados bajo cero, con una sensación térmica de casi diez menos. El primer día me lavé en un lago helado, desoyendo los consejos de Jesús y fue la primera y última vez que lo hice. Más de un millón de punzones me traspasaban la cara, y tan desagradable sensación me acompañó durante casi diez minutos. Las tiendas de campaña tenían capacidad para dos personas, yo pernoctaba con Jesús. Dormíamos con un pijama térmico y el resto de ropa técnica la metíamos dentro del saco, para que se secara con el calor corporal. Entre las tiendas extendíamos unas lonas que nos servían de zona común, allí disfrutábamos las sobremesas después de la cena y comentábamos los mejores momentos del día. Para beber derretíamos nieve con un cacito y un cartucho de camping gas, y añadíamos sales minerales para enriquecer el agua. A veces también agujereábamos el hielo con el piolet para rellenar las botellas con agua gélida.

Cerro Torre, Patagonia, Argentina

Cerro Torre

Al margen del Circo de los Altares, el Cerro Torre, el Lago Toro y demás cosas que he visto en el Campo de Hielo Sur Patagónico, el Cerro Gorra Blanca es fastuoso. Según me comentó Jesús, sólo un cinco por cien de las personas que lo afronta consigue coronarlo. No por su altura, porque no es demasiado alto (tiene poco más de 3000 metros) sino por las condiciones tan duras que lo envuelven. Y nosotros hicimos cima, fue magnífico. Como yo era el más joven de la caravana todos me llamaban Niño, menos cuando querían decirme algo importante, que me llamaban por mi nombre. Recuerdo que en el momento en que nos pusimos los crampones y empezamos a ascender la pared de hielo del Gorra Blanca, todos cordados, Jesús me dijo, «Nico, por lo que más quieras no te caigas, que vamos a rodar todos en picado como albóndigas más de un kilómetro, y nos matamos seguro». Entonces me di cuenta de la solemnidad de la situación. Los muy sinvergüenzas, como vieron que me adaptaba súper bien a todo, prácticamente no me instruían, me daban dos recomendaciones y a correr. Pero eso sí, estaban todos pendientes de mí en cada paso, principalmente Quique, no me dejaba ni a sol ni a sombra.

Cuando coronamos el Cerro Gorra Blanca tuve una sensación fabulosa, me sentí un súper hombre, fue increíble. Y ahora he vuelto ya a la realidad. Ha sido una experiencia sin límites, me he encontrado genial a nivel físico, y me ha servido para entrenar. El único pero es que al ser tan delgado y puro nervio, a la mínima que paraba me quedaba aterido. En el plano vivencial y personal, sencillamente no tengo palabras. Gracias a todos los que han posibilitado este sueño.

Galería de fotos
  • Jesús Calleja y Nico Terol refugiados en una tienda de campaña
  • Nico Terol, en la Patagonia luchando contra el viento y el hielo
  • Cerro Torre, Patagonia, Argentina
  • Nico Terol con Jesús Calleja en el Campo de Hielo Sur Patagónico
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