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Proyecto 24 HorEs-40 AñOs (VI): El sueño se desvanece

La tribuna de Tomás por Tomás Pérez Sánchez

Una accidentada circunstancia, acaecida en el momento menos oportuno, ha echado un jarro de agua fría sobre las ilusiones que impulsaban este proyecto. El sueño de Montmeló se desvanece en un instante, todo el ánimo rueda por los suelos, y la moral se resiente, igual que los huesos del protagonista. Quedan muy pocas semanas, apenas días, y el camino que lleva hasta Montmeló se ve de repente sumergido en un oscuro túnel. ¿Tendrá salida antes el próximo 8 de julio? Lo veremos en este reportaje.

  • 17/06/17
  • Tomás Pérez Sánchez
Proyecto 24HorEs-40AñOs VI hospital 2

-Vamos a estabilizarlo. Está muy frío, muy pálido.

Miraba, justo enfrente de mí, el techo forrado del vehículo con una luz fluorescente presidiendo su centro a lo largo, mientras seguía escuchando aquella voz ejecutiva.

-Monitorízale primero, y vamos a ver cómo está.

Y dos segundos después de haber escuchado aquellas palabras, como si llegaran a mi oído desde algún rincón de la ultratumba, sentía una pinza de cangrejo prendida en la yema de mi índice. Luego se escuchó un chasquido de fritura dentro de un altavoz, y a continuación la estridencia de unas palabras enlatadas en un sonido radiofónico.

-¡A ver! Que me digan cuándo podemos quitar la bandera roja.

Y tras un breve lapso, volvió a hablar la voz ejecutiva

– A ver: Diles que enseguida, que vamos a coger la salida de Pegaso.

Y según escuchaba aquellas palabras, sentí por un momento el balanceo del vehículo, con mi camilla, a un lado y a otro, hasta que volvió a estabilizar su marcha. Probablemente, el efecto de aquella suave sacudida empezó a devolver mi conciencia a la realidad.

La caída había sido de lo más estúpida y patosa, tal vez por eso, el criterio selectivo de la memoria ya la había apartado en algún rincón perdido de su almacén. Me recordaba poniéndome en pie y caminando sobre la grava que cubre el exterior de la curva de Le Mans. Por allí anduve aturdido, sintiendo el crujido de las piedras bajo mis pisadas temblorosas, hasta alcanzar el lejano guardaraíl para recostar por fin mis posaderas sobre él. Recuerdo que me asfixiaba, que necesitaba respirar de inmediato con profundidad, pero sobre todo necesitaba que el aire me despejara la cara y la mente del aturdimiento que las envolvía. Así es que seguí mi instinto de supervivencia, dejando a un lado el protocolo de primeros auxilios, y me quité el casco, mientras sentía a mi lado la presencia naranja del comisario que se interesaba por mi estado y que me hacía unas preguntas que no escuchaba. Fue entonces cuando le vi apartarse por un momento para pedir por radio la asistencia de la UVI móvil.

Proyecto 24HorEs-40AñOs VI hospital 1

Diez minutos después, el pinchazo de la vía en vena, y el pitido cadente que monitorizaba mis constantes vitales comenzaban a protagonizar las dos horas siguientes, en la clínica del circuito, donde abandonaba, poco a poco, la devastada palidez y el sudor frío que habían preocupado al médico que me atendía, a la sazón, dueño de aquella voz ejecutiva.

Más tarde, al levantarme, sentí una extensa inmovilidad en el brazo derecho y un fuerte golpe en el interior de la pierna del mismo lado. Aparentemente y después de una breve exploración sobre la marcha, hecha a ojo de buen cubero, no parecía tener nada roto; a pesar de ello, el médico me advirtió claramente, y me recomendó de forma muy explícita que me hiciera algunas placas y me revisara a fondo cuanto antes.

Dejé pasar el resto del mediodía y la primera hora de la tarde para llegar a mi propia conclusión de que, si no había dolor sin analgésicos ni antinflamatorios, no era posible que hubiera fractura; y a última hora, con el sol casi caído, decidí, así a las bravas, probarme y montar en una moto.

La posición era bastante inclinada hacia delante y apoyado en unos semimanillares, con lo que mis posibilidades de conducir se reducían drásticamente, así es que apenas recorrí dos kilómetros por mi barriada, sintiendo dolores con el más mínimo movimiento.

Pero a la mañana siguiente, me senté sobre una naked bastante moderada, y entonces resultó que el brazo derecho me quedaba sobre el manillar, prácticamente, como colgado sobre un cabestrillo, lo mismo que la rodilla y la pierna golpeada, en un ángulo muy racional. Esto me animó y animó a conducir bastante más de la cuenta hasta que alguna frenada exigente o el paso por cualquier bache reseñable me recordaban mi accidentada situación.

A pesar de ello, hice kilómetros y kilómetros, y algunos días después, una intrincada ruta sobre un modelo bastante deportivo, con la pierna tan replegada, que terminó por hincharse entera.

Habían transcurrido diez días desde la caída, y me tocó pasar entonces por mi médico de cabecera, más que nada, para regularizar mi situación administrativa.

En cuanto el galeno me vio la pierna, me mandó directamente al servicio de urgencias del hospital. Y allí comenzó un periplo tortuoso de citas y espera que se prolongó durante nada menos que 16 horas, un tiempo que terminó por echar una sombra muy negra sobre mi aventura de las 24 Horas. En aquel momento, mi sueño de 40 años se acababa de esfumar. Radiografías, analítica, tac y ecografía, dieron como diagnóstico una triple fractura del omoplato derecho, y el riesgo de formarse una celulitis blanda desde la mitad del muslo hasta el tobillo derecho, en ese momento hinchada igual que una columna salomónica. No quise ni pensar por un solo momento en la carrera durante aquellas horas, y, sí en salir cuanto antes de aquel pozo depresivo donde confluyen las desgracias más apremiantes de toda una ciudad. Por suerte, logré refugiarme escribiendo y escribiendo sobre mis cuadernos.

Al salir de nuevo al aire libre, miré instintivamente al cielo y respiré, respiré sintiendo llegar la inspiración hasta los dedos de los pies.

Mis compañeros, y el equipo técnico no habían dejado de enviarme mensajes tanto para animarme como para restarle importancia a la lesión, sin apartar la vista de la parrilla de salida que se formará el próximo 8 de julio.

Volví a entrar en el hospital y salí definitivamente un sábado a mediodía. En aquel momento, no pude evitar que, espontáneamente y sin encontrarle aún explicación, mirase al cielo, a ese cielo de Madrid, y extendiese los brazos…, perdón, sólo uno, el bueno, como Tim Robins en Cadena Perpetua. ¡Dios! Y dicen que la moto transmite una sensación de libertad.

Justo una semana después de abandonar el hospital, me encontraba en el box número 2 del circuito de Calafat. Allí dentro, parado en pie, observaba a cierta distancia una moto, aún si faros y con el dorsal 51 estampado sobre sus formas. Observaba el trabajo de los mecánicos, tan metódico como una liturgia estudiada en el mejor catecismo técnico. Miraba y remiraba la silleta, comparaba mentalmente la distancia con los semimanillares, y calculaba la altura de las estriberas. Pero, realmente, no conseguí hacerme una idea de si el movimiento de mi hombro fracturado daría de sí lo mínimo para poder pilotarla.

Proyecto 24HorEs-40AñOs VI 785

Finalmente, la BMW del equipo Motocrom+50 quedó despejada. Tragué saliva y eché la mano derecha, la mala, sobre el puño del gas. Después alcé la pierna, también la mala, por encima del colín elevado sobre los caballetes; y finalmente aposenté el trasero sobre la goma antideslizante, pegué bien la rabadilla contra el tope del colín, y elevé los pies para posarlos sobre las estriberas de carreras.

¡Vaya! Solté el aire. Liberé el suspiro que durante días había mantenido prisionero, acongojado, dentro de mi pecho y me sentí diez veces más cómodo de lo que me había imaginado. Y es que la posición sobre una moto de carreras es realmente extrema, porque la velocidad es extrema en sí misma, pero yendo a un ritmo de carreras, esa postura resulta de lo más natural, incluso cómoda también.

Saqué el equipo del coche y comencé a vestirme de piloto poco a poco y con cuidado, mirando sobre todo que la rodilla, aún con una llamativa hinchazón, entrara dejando suficiente margen para doblarse. Una vez con el mono enfundado, incluyendo la espaldera acoplada, comprobé con alivio cómo me sentía sin presiones sobre el hombro del omoplato fracturado, y finalmente con una tirantez llevadera sobre la rodilla inflamada. Fue entonces cuando me paré a contemplar con un extraño sosiego cómo rodaban mis compañeros. Hasta que llegó mi turno.

No lo pensé. Sencillamente me subí y arranqué, recorriendo a continuación con mucha precaución los escasos metros del pit lane que restaban para incorporarme a la pista.
La primera vuelta resultó una experiencia única en mi dilatada vida. Por un lado, me dolía el hombro en las frenadas y sobre todo al colocar el cuerpo para afrontar el siguiente viraje. Pero con lo que no había contado, de ninguna manera, es con el miedo repentino que empecé a inundarme el cuerpo cuando inclinaba, particularmente en el lado derecho, el lado malo. Era verdaderamente terror lo que sentía al tumbar la moto. Así es que dejé pasar esa primera vuelta sin ni siquiera acercarme a rozar con las deslizaderas y encaré la recta con decisión, enroscando y sintiendo el chorro de una fuerza diabólica recorriendo todo mi cuerpo. Sí, es la sensación electrizante con al que te catapultan doscientos y pico caballos.

Bien. La cuestión es que tenía que sobreponerme, una fobia repentina no podía achantarme. Apreté los dientes justo al pasar sobre la rápida ciega del fondo, y solté un taco dentro del casco, seguido de una supina interjección.

Proyecto 24HorEs-40AñOs VI  222

En el ángulo tumbé mucho más la moto y en la siguiente de izquierdas me llegó esa confirmación, ese brote de seguridad que alcancé al sentir cómo ya empezaba a rozar la deslizadera. A partir de ese momento, todo fue una progresión continua y ascendente, primero recuperando con rapidez la confianza, y a continuación empezando a ajustar el ritmo al dolor, sobre todo al recolocar el trasero, y todo el cuerpo, en los cambios de dirección.

Acabé una tercera vuelta y decidí parar unos minutos para recapitular mentalmente, transcurridos los cuales, volví a salir a pista para hacer otras tres vueltas más con la misma evolución, mientras que, por mera prudencia, contenía el brote de entusiasmo que empezaba a sentir. Y con esas seis vueltas, decidí acabar ahí la jornada. Me acerqué al lap timer y consulté el crono del último giro, únicamente por curiosidad. Vi que estaba lejos de los tiempos de mis compañeros, lejos, pero no a un abismo, y sabía, además, en qué curvas y en qué puntos estaban esos segundos de diferencia, con lo que esa noche me fui a dormir verdaderamente esperanzado.

Al día siguiente, hice un total de tres tandas, dando continuidad a la progresión de la jornada anterior. Cada vez me encontraba más a gusto sobre la pista, cada vez hacía mejor el paso por una y por otra parte, redondeando los parciales, y cada vez iba más rápido y disfrutaba más retorciendo la oreja de la BMW Motocrom+50. Durante la última tanda, encontré bastante tráfico, además de resultar bastante lento; y lo cierto es que un servidor es exageradamente cuidadoso cuando le toca adelantar a los que se ve con menos experiencia, será sin duda por los cursos de conducción que imparto desde hace años.

La cuestión es que no hice ni una vuelta limpia de esa última tanda: siempre encontré alguna moto más lenta, y a pesar de todo, paré el crono varias veces a menos de dos segundos de los tiempos de mis compañeros.

Me sentía tan pletórico, y también tan fuerte físicamente, que hubiera dado más vueltas que un molinillo, aun con el calor que hacía. Pero me dio miedo de que se calentara la musculatura del hombro, de que se calentara todo el organismo y también mi propio estado de ánimo, y que se produjera un efecto anestésico sobre la triple fractura del omoplato, pudiendo resentirse, o quien sabe si quebrarse, su proceso de solidificación.

Proyecto 24HorEs-40AñOs VI 111

Objetivo Montmeló

Las conclusiones que extraigo tras esta experiencia no pueden ser más halagúeñas:

Quedan a la vista los resultados del entrenamiento sobre el aumento del ritmo: Creo que nunca en mi vida he sido capaz de rodar tan rápido como ahora, aunque nunca dejaré de ser un paquete.

También el trabajo de fondo en pista. Me sentía fortísimo, física y mentalmente para la concentración, de tal manera que, a pesar de las molestias y dolores del hombro, me veía capaz de mantener mi ritmo, incluso subirlo en algunas décimas, indefinidamente.

Por otro lado, esta experiencia de Calafat, junto a mis tres compañeros de equipo, me ha dado una referencia de cara a mis cronos en Montmeló, por lo que esa barrera mental, como una empalizada para la moral, que me suponía el tiempo de corte mínimo para clasificarme, ahora se ve como un trabajo que hacer con un resultado más que posible, bastante asegurado.

De aquí, ya nos vamos directos a Montmeló, para hacer pruebas justo durante la semana de la carrera, después los entrenamientos libres, luego los cronometrados, diurnos y nocturnos, y después…, ¡salida!

Galería de fotos
  • Proyecto 24HorEs-40AñOs VI hospital 2
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La tribuna de Tomás, 17/06/17

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Opinión de Tomás Pérez Sánchez

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