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Proyecto 24 HorEs-40 AñOs (XII): la salida

La tribuna de Tomás por Tomás Pérez Sánchez

Una forma poco común, tal vez audaz, tal vez osada (el lector lo juzgará), de describir esta intensa experiencia desde dentro, desde la mente del piloto y desde el corazón en un puño de todo el equipo, desde el peso que sienten todos los responsables de la carrera y desde la excitación de todo el público que vive sobre la tribuna la salida de estas 24 Hores de Catalunya.

  • 05/08/17
  • Tomás Pérez Sánchez
  • Circuit de Barcelona-Catalunya
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Las motos y el rock, sí, el rock y las motos, siempre he sentido que se trata de dos formas de vivir que transitan en paralelo, y siempre me he preguntado si es que en el fondo no son la misma cosa.

Sí, en cierta ocasión le comentaba a mi amigo Harry, guitarrista de un grupo y esencia personificada del rock, que había pasajes de un circuito, vividos a través de una carrera, que me hacían sentir igual que con una u otra canción de rock; no es que sonasen dentro de mi cabeza mientras iba sobre la moto, no, es que en ese momento que vivía pilotando la moto y en ese momento que vivía escuchando el tema de rock, sentía exactamente lo mismo.

La Música

Bien, pues la salida de estas 24 Horas de Montmeló me inspiró un tema, épico donde los haya, nacido en la época más floreciente del rock sinfónico. El título no podía ser más elevado: “In the lap of de Gods”, ni más prestigiosa la mente musical que tuvo detrás. Ingeniero de sonido en una banda de auténtico culto, nada menos que la de Pink Floyd, Alan Parsons añadió la palabra “Proyect” a su nombre para formar luego el grupo que, entre otros, grabó el disco Pirámides. Así pues, recomiendo al lector que haga sonar (aquí lo tenéis) el corte seis de este antiguo vinilo mientras se sumerge en las líneas que llegan a continuación, además de que ponga a trabajar su imaginación para colocarse en situación y vivir uno de los momentos más excitantes de esta carrera.

La Puesta en Escena

Veamos. Si presta mucha atención al comienzo de la audición, apenas percibirá durante los primeros instantes la campana de una iglesia tañendo en la lejanía, para que pocos segundos después escuche una tenue dulzaina que añade un toque cercano; unas notas suaves y lejanas que pueden representar el eco de los motores que, desde el otro lado del circuito, llega en un ronroneo atenuado hasta la línea de salida.

Así se siente la recta vacía de Montmeló, presidida por una tensa calma, mientras que la caravana de motos recorre todo el trazado para cubrir la vuelta de formación. Son como las huestes medievales que también inspira la canción de Alan Parsons y que se van situando tras una línea castrense, preparándose para el asedio de la gran fortaleza, la que alberga la campana de la lejanía.

La música se detiene por el golpe de un trueno, y se deja oír a continuación el agudo silbido de una flauta, fugaz como el instante en el que se siente aumentar el rumor de las motos anunciando su presencia inminente. Sólo dos segundos más tarde, la nota sonora y solemne de un órgano catedralicio dibuja con su sonido la irrupción del pelotón en el fondo de la recta. La nota se alarga y se alarga mientras se va haciendo visible el grupo al completo, con sus 53 máquinas apareciendo en escena. Un tambor militar comienza a marcar entonces el ritmo al que se van aproximando las motos, mientras que la composición musical arranca con la dirección de su compás. Y lo hace con una estricta armonía que impone la marcialidad, lo mismo que el protocolo regidor de los momentos trascendentales que empiezan a vivirse sobre la parrilla de salida con la llegada de la caravana a paso de desfile.

La formación

Un arpa magna parece dirigir los movimientos de cada piloto situando su moto sobre la posición que le ha correspondido. Los dedos del músico rasgan esas largas cuerdas con la misma cadencia, pero suben una nota cuando los protagonistas enfundados en sus monos empiezan a descabalgar y caminan de espaldas a las motos, dirigiéndose a la línea de enfrente con la mente clavada en el momento crucial que están a punto de vivir. Con los pasos hacia el otro borde de la pista, la música sube un tono más, mientras que los pilotos van acumulando un grado más de tensión, buscando alcanzar la necesaria, sin pasarse, que les permita lograr una plena concentración.

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Las máquinas quedan enfrente, sujetas por alguien de confianza, y cada participante fija la mirada en la suya, en el momento en el que entra el piano y la partitura rompe en una eclosión de instrumentos, interpretando una espiral musical que trasmite, ni más ni menos que la subida de esa presión dentro de cada protagonista, lo mismo que de la frecuencia que marca sus latidos con la mente obsesionándose poco a poco en las maniobras sincronizadas que están a punto de ejecutar.

La tensión

Emerge la orquesta de cuerda detrás del piano, manteniendo la misma espiral, cuando los pilotos echan el pie atrás, pisando incluso la hierba, y luego inclinan el cuerpo hacia adelante. Suenan los coros en el momento en el que el cartel de un minuto se pasea por la línea de salida. La intensidad de la partitura crece y crece, cuando los protagonistas se inclinan aun más, apoyando ambas manos sobre la pierna flexionada.

La espiral musical profundiza subiendo su volumen, y cada uno de los pilotos vive mentalmente una secuencia grabada. Correr, correr mucho, subirse sin torpezas, pulsar el botón que tiene grabado en la retina y salir a la línea de la trazada lo más arrimado posible a su derecha. Las notas suben con la orquesta de cuerda en una escala que pierde la cuenta, hasta que los mecánicos, los asistentes, los comisarios y el público mueven la cabeza, aprietan los dientes, bailan una pierna de forma nerviosa o quedan inmóviles, apenas sin pestañear, atrapados por la tensa quietud que preside esos instantes.

El momento

De repente, la composición de Alan Parsons marca un parón con el corte seco de la batería, un corte que repite para prolongarlo en el tiempo. Se trata un momento especialmente ingrávido que se vive en todo el recinto. Cualquier movimiento queda paralizado sobre el asfalto, en el muro de boxes, en la torre de control o en la tribuna de la recta. La respiración se detiene. El tiempo parece suspendido en ese instante, precisamente mientras los corazones laten a su máximo ritmo y se vive la máxima vibración.

Y es a partir de ese momento cuando el bajo empieza a marcar una marcha, como el paso firme de la caballería avanzando sobre la fortaleza. Se une el chaston y sube el ritmo hasta fijarlo al trote. Pero sobre la pista todo permanece inmóvil, con la música describiendo la escalada de una quieta tensión a lo largo de la lanzadera que construyen los últimos segundos antes del mediodía exacto. Unos segundos que marcan su cuenta a medida que se va uniendo el piano, luego la partitura hace el cambio a las trombas…

¡A la carga!

Pero no es hasta el instante en el que la flauta lanza su silbido al vacío para dibujar con sus notas el momento en el que el director de la carrera levanta la bandera para desplegarla ondeando en el el aire. A partir de ese gesto, entran los coros al completo, con toda la orquestación, para pintar el galope de la caballería lanzada al asedio de la fortaleza; porque es sólo al galope tendido como marcha una máquina de carreras. Un galope corto, precisamente, es el que cubren todos los pilotos en pos de sus motos, con los coros llevando sus pasos en volandas y poniendo música el estampido de todos los motores. Unos coros que crecen con sus voces más agudas para añadir una banda sonora a la escena que protagonizan las primeras motos saliendo en curva, doblando para tomar la trayectoria de la recta en plena aceleración. El brote de los violines, con un vivo vaivén, describe la entrada de una, otra y otra moto más en la recta, tomando la salida para lanzarse a por la primera de los cientos de vueltas que intentarán dar al trazado hasta su paso bajo la bandera de cuadros.

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Cuando los coros vuelven a tomar el protagonismo, lo hacen para poner toda la fuerza musical a la carga definitiva de la caballería sobre el enemigo atrincherado, al grupo compacto de motos con su ataque meteórico en pos de su objetivo, que se presenta como una auténtica fortaleza, muy semejante a la medieval que inspira la música de Alan Parsons, y que tiene en Montmeló como principales aliados a la suma de las horas, a la noche, a la fatiga física, al sufrimiento mecánico, a la eventualidad, al peligro, a la incertidumbre, seguro que al calor, tal vez a la lluvia… Un asalto que representa en sí mismo la mayor aventura sobre el asfalto, con una arrancada cargada de tensión y de emociones a la que en 2017 ha puesto melodía Alan Parsons Proyect con “In the lap of de Gods”.

Galería de fotos
  • La salida es el momento más tenso
  • El momento del inicio es complicado
  • Llegar a la moto lo antes posible, esa es la misión

La tribuna de Tomás, 05/08/17

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