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Proyecto 24 HorEs-40 AñOs (XIV): la carrera de noche

La tribuna de Tomás por Tomás Pérez Sánchez

Cuando llevas más de nueve horas de carrera y los rescoldos del crepúsculo empiezan a cubrir de rojo el Oeste, no te puedes creer que aquello vaya a continuar. Un ritmo de locos, con un concierto permanente de aullidos devorando la recta, con una actividad que se percibe más febril aun cuando los focos iluminan el pit lane y con un frenesí concentrado que rige el latido de más de mil corazones, disponiéndose a vivir la vigilia más exigente y vertiginosa de su vida.

  • 28/08/17
  • Tomás Pérez Sánchez
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Has hecho dos relevos, o es posible que tres, y tienes que volver a la pista en plena noche, cuando ni siquiera llevas cubierta la mitad de la carrera. El ocaso es el momento en el que todos, desde los mecánicos hasta los comisarios de pista, pasando por los encargados de las pizarras y de los neumáticos hasta los coordinadores de cada equipo y los propios pilotos, toman verdaderamente conciencia de estar viviendo dentro de una carrera de resistencia.

A la luz de la luna

El panorama de la prueba cambia su aspecto de una forma tan rotunda que, en plena noche, parece haberse trasladado a otro escenario. El pit lane bajo el fulgor de los focos, el interior de cada box bañado por la luz fluorescente, el paddock iluminado como un aparcamiento multitudinario, mientras se ve sumido en un palpitante letargo, y la pista, sí la pista en diferentes pasajes: con el resplandor de una gran avenida o con la media penumbra de una calle suburbial.

Se puede decir que todo el trazado se presenta más bien visible para el piloto…, sí, todo, excepto la curva Repsol, de la que su primera entrada nocturna, a la velocidad que se llega, le sugirió a un servidor la mismísima boca del lobo. Entonces entendí las palabras de mi compañero Miguel, apuntando como una pintoresca curiosidad que ¡la luna ayudaba a seguir la trazada por esa curva!

Luces y de sombras

Surcando el trazado de Montmeló a toda velocidad, surge un desfile de sombras que rebasas, o que te adelantan con un paso fulgurante antes de hundir su silueta bajo la perspectiva que tienes en el frente; mientras que los faros de tu moto clavan su luz en el suelo, apenas dos metros por delante de ti cuando vas completamente tumbado, o muestran su inutilidad absoluta en los escasos tramos por los que navegas de noche en vertical, bien diluyendo su haz en la media sombra o bien fundiéndose con la diáfana claridad que muestra la recta.

Otras luces caen sobre ti por un momento, para que al instante siguiente se escondan por el costado, provocando la confusión y empujándote al desconcierto. Son los haces que proyectan los focos clavados en otros puntos de la pista, y que llegan esquinados o atravesados para asaltar nuestro paso.

Pero hay más luces, otras más, ciertas y continuas, que se instalan justo detrás de ti y que iluminan con su resplandor el suelo que corre bajo tu paso. No cabe duda de que esa luminosidad resplandeciendo bajo los pies presiona a buena parte de los pilotos y directamente impone a alguien como un servidor. Sin embargo, una vez acostumbrados a ella, puede recibirse como una interesante utilidad. Veamos:

Desfile de lazarillos

Efectivamente, una vez que me habitué a la llegada de un piloto, anunciada por sus luces, lo recibí como una magnífica orientación para situarle y para facilitar así un adelantamiento que frenara lo menos posible el ritmo de ambos.

Todo aficionado conoce muy bien los beneficios que aporta la referencia de un piloto más rápido delante de ti, haciendo un efecto, burdamente hablando, semejante al del burro y la zanahoria. La liebre mecánica en las carreras de galgos o la humana en las pruebas de fondo y medio fondo, que marcan el carácter más emblemático del atletismo, representan la muestra más descriptiva de ese cierto efecto de remolque que crea un piloto rápido sobre el que lleva detrás.

Bien. Eso se desarrolla durante el día, pero, ¿y en medio de la noche, en plena madrugada, con la desorientación que provoca la oscuridad y el sueño que rebaja la lucidez de los reflejos?

Un piloto rápido, que vaya con la precisión de un raíl por la trazada y al ritmo de una centella, se presenta como algo mucho más valioso que una referencia. Un piloto así, es como un auténtico lazarillo para quien singla entre tinieblas por la pista, una luz providencial como el faro costero para el antiguo navegante. Así lo sentí, sobre todo durante el último relevo nocturno y particularmente en el paso por la curva de Repsol, donde en más de una ocasión me sentí tan acoplado a algún eventual lazarillo, como si fuera formando con él un doble tiro de nuestro particular carruaje.

El Despertar

Estás flotando en el séptimo cielo, con el cuerpo relajado en el descanso más reparador y el espíritu sumido en el más dulce y profundo de los sueños, cuando alguien te saca de ese limbo celestial con un impertinente meneo en el hombro, “te toca”. Es la una y veinte de la mañana, y en unos tres cuartos de hora, tienes que salir a la pista para darlo todo, absolutamente todo, con el máximo rendimiento, otra vez más. Sencillamente, no te lo puedes creer mientras aún permaneces echado y te restriegas unos ojos que sientes llenos de tierra. Prefieres no pensar y levantarte lentamente, para caminar como un sonámbulo hasta el box y entregarte otra vez a esa tediosa tarea de equiparte, atolondrado, doblando y estirando unos músculos que se extienden y contraen completamente entumecidos.

Es el aterrizaje, desde el cielo de los sueños, sobre la más exigente de las realidades. La abnegación es la clave para llevarte a la concentración que poco a poco va despertando en ti, una atención que terminará por fijarse única y exclusivamente en la pista, en la moto y en tu capacidad de pilotaje.

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Una pizarra invisible

La desorientación, la inexperiencia y también la presbicia complicaron a un servidor la tarea de distinguir y descifrar la pizarra, particularmente en plena noche. El punto de la recta en el que se hallaba el box de nuestro equipo, el BMW Motocrom+50, no favorecía demasiado las cosas, ya que se situaba en el último tramo del muro, con la moto lanzada en sexta, y a una buena velocidad.

La cuestión es que tengo que confesar, no sólo al lector, sino también a la propia organización de la carrera, que durante algún tiempo no fui capaz de distinguir una pizarra entre tantas y tantas, que esta falta de vista me llevó a hacer un relevo de 67 minutos y otro de 70, cuando lo programado para mí habían sido sólo 55. Papá: te han sacado cuatro veces BOX en la pizarra y no te has parado. Me reprendió mi hijo. ¡Cómo si un servidor no tuviera pocas ganas de bajarse en cada relevo!
En cualquier caso, está claro que si me hubieran enviado cualquier mensaje de peligro a través de aquella pizarra, sin duda que con los propios aspavientos que hubiera visto escenificar a los miembros del equipo habría bastado para enterarme de que debía de pararme en el próximo paso por meta.

Más tarde, convinimos una señal y un color para indicarme la entrada en box, que finalmente me resultó suficientemente visible sobre la moto. Y es que, en esos dos casos que excedí mi tiempo de relevo calculado, el riesgo fundamental que corrí fue el de quedarme sin gasolina en cualquier punto del circuito, dado que era el piloto más pesado del equipo, con lo que no hace falta señalar al lector que, sobre el papel, era el que más combustible gastaba de los cuatro; y es que, en una carrera, el consumo no se mide en litros a los cien, sino ¡en litros por vuelta!

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El Safety Car

Un elemento genuino de las carreras de resistencia, aunque se comparta con las de automovilismo. En el caso de un servidor, le tocó en tres ocasiones, creo recordar, y las sensaciones que se perciben yendo detrás de este coche son tan particulares que merece la pena describir en un apartado exclusivo.

Lo primero que choca en el piloto es el brusco parón para el ritmo de carrera y para su propia concentración. Es como sentir un jarro de agua fría sobre tu fogosidad. De repente parece que el juego se detiene y es algo así como si, de un modo infantil, alguien hubiera dicho: No se vale.

Por otro lado y mientras vas en caravana, el coche arranca inesperadamente en las zonas con curvas enlazadas, obligándote a espabilar, particularmente en una de aquellas intervenciones, en las que el coche salió sobre las dos y media de la noche. Era una forma de que no nos durmiéramos, pensé, cuando más bien se trataba de un recurso para evitar en lo posible que se enfriaran los neumáticos.

La imagen que escenificaba el pelotón de comisarios que limpiaba y señalizaba la pista en medio de la noche transmitía un aire de ciencia ficción, con la indumentaria reflectante de cada operario que, con todo el respeto, afecto y agradecimiento, proyectaban algo así como una robótica coreografía, moviendo los cepillos de barrer con energía y casi de forma sincronizada, para esparcir una sepiolita con la que, por cierto, hay que tener cuidado debido a que cuando aún permanece en buena cantidad sobre el asfalto, derrapa.

También, en ese mismo periodo tras el Safety car, que se prolongó durante mucho tiempo en medio de la madrugada, tuve la oportunidad de comprobar y empezar a sufrir en mis carnes esa razón por la que se quejan algunos usuarios de las motos más deportivas, más aun, si condujeran con una posición de carreras, más exigente, como la BMW que llevaba en ese momento. Y es que una postura tan extrema resulta no sólo natural, sino incluso cómoda pilotando a toda velocidad dentro del circuito; pero en cuanto bajó el ritmo de una forma drástica, como ocurrió tras el Safety car, las piernas se sentían forzadas en una postura tan replegada y las cervicales sobre todo se resentían con unas agudas molestias, llevando las manos tan abajo con la espalda erguida.

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La Madre de todas la batallas

Y así fue cómo todas las molestias desaparecieron cuando el coche se retiró por el lateral de la recta de atrás, pasando durante un tramo por encima de la hierba. En ese momento pareció desatarse eso: exactamente la “Madre de todas las Batallas Nocturnas”. Una auténtica guerra de luces y aullidos en la entrada de La Caixa que me resultará imposible de olvidar, porque todo el tiempo que transcurrió detrás del coche de seguridad lo hice ¡en segunda posición!, y por supuesto también en el momento de retirarse, con una auténtica manada de fieras rugiendo a mis espaldas. La batalla continuó ofreciendo aquel inusitado espectáculo a su paso por el estadio, viéndome entre cinco o seis pilotos en plena noche para hacer el tránsito por el vértice del viraje y llegando con la respiración contenida, una vez más, en el paso por la comprometida curva 13. Luego, en la recta, la carrera se repartió.

Un momento astronómico

Me ocurrió una vez, lo pensé por un solo instante y desde luego no volví a hacerlo en toda la carrera. Sí, fue en plena recta, en su tramo final y con el reloj sobre las tres menos cuarto de la mañana. Me sentí a poco más de 280 por hora trazando una línea en plena noche que dejaba apenas dos palmos de margen con el borde de la pista, con el césped. Sentí la tentación de bajar la vista para comprobar esa exigua distancia, pero me sujeté, claro está, porque de no haberlo hecho, mejor no pensar en las posibles consecuencias.

El caso es que, según iba tomando conciencia de aquella astronómica situación, de esa proximidad del abismo a una inaudita velocidad, un tipo me adelantaba por la derecha a trescientos no sé cuánto por hora, y guardando sólo unos centímetros de margen con mi costado. Una escena así, repetida en varias ocasiones durante la noche, deja tus excesos de adrenalina, si es que los tienes, agotados para un año entero…, o dos.

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La escena pictórica

Ocurrió allí, sí, en la breve bajada que sirve de antesala a esa curva que tanto respeto me impuso en las primeras pasadas, hasta el mismo borde del miedo sin rebajas, y que aún ahora, un mes después de mi fabulosa aventura, me retiene por medio segundo la respiración al pensar en ella. Sí, al filo de las tres de la madrugada le oí llegar, sintiendo a mi espalda el trueno de un enorme motor. Un par de pistones, como dos piezas de un menaje aeroespacial, rompían el cielo nocturno de Montmeló para sobrecogerme con su estruendo justo en el momento más comprometido de toda la vuelta.

Aguanté un momento el aliento, apreté las piernas contra la BMW Motocrom+50 y sentí la tentación de cerrar los ojos por un instante para que el piloto de aquella Ducati se tirase en picado a por el interior de la última curva, justo un instante antes de dar tiempo para que un servidor hiciera lo mismo.

El manx (gentilicio isla de Man, que había visto antes) lo hizo, se coló como un misil por el hueco que le abrí, para que amarrara mi atención al colín de su Panigale 1299. Sí, en ese momento, toda mi concentración quedó fijada a muerte sobre aquella luz roja, con un doble escape colocado debajo que interpretaba una música celestial: El trueno de Bolonia en su expresión más batalladora.

Hicimos en un pañuelo el paso por el vértigo de ese viraje, hasta el punto de que casi podría tocar el extremo de aquella belleza roja, mientras los dos nos sumergíamos en las profundidades de una tumbada absoluta, con el esquinazo de la marquesina que cubre la gran tribuna asomando por el margen superior de la ventana que abría mi casco. Y en el momento de sentir en mi cara el estruendo de la Ducati, con el gas abierto a fuego, el mismo momento en el que retorcía todo el puño al gran felino que llevaba entre mis piernas, un protagonista inerte y perenne apareció impertérrito para añadir la nota pictórica a una postal nocturna que retengo, y que retendré como una auténtica joya en mi memoria hasta el día en el que se extinga, la luna.

La luna colgada sobre nosotros, el manx de la Ducati y un servidor sobre la BMW, dejó por un instante, apenas la centésima de segundo que me concedía la concentración del momento, una obra pictórica en mi retina que tal vez un virtuoso del pincel como Sorolla, maestro de la luz, pudiera plasmar sobre un lienzo, si es que fuera capaz de sentir la inaudita emoción que provoca hacer la curva 13 a dúo en plena madrugada y con un ritmo de 24 Horas.

Agradecimientos: Lubricantes Pakelo, Motocrom, AutoPremier BMW

Galería de fotos
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La tribuna de Tomás, 28/08/17

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