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Proyecto 24 Hores-40AñOs (XVI): Con el nuevo día, el desastre

La tribuna de Tomás por Tomás Pérez Sánchez

Todo aficionado sabe lo que se juega un piloto, un equipo, y en ocasiones una marca, durante una carrera de velocidad; pero es mucho más difícil de abarcar lo que se apuesta en el mundo de la resistencia, tanto, que a veces no se llega a comprender hasta que no se ve perdido, por ejemplo, cuando la meta estaba ya a tan sólo un sexto del total.

  • 01/02/18
  • Tomás Pérez Sánchez
La curva de El Estadio, donde se produjo la caída

Rondaba el reloj las ocho de la mañana, o posiblemente fuese esa hora en punto, el lector sabrá disculparme y entenderá a continuación que guarde el recuerdo de aquel momento envuelto en el aturdimiento. La cuestión es que la carrera ya olía a meta, y la llegada se veía bastante más cerca que la línea del horizonte.

Me hallaba sumergido en el viraje de La Caixa, cuando en el momento de abrir gas para salir de él, sentí el sonido de otra moto justo en mi rebufo izquierdo. Una circunstancia de carrera más, repetida innumerables veces, después de más de 18 horas y mientras hacía en aquellos momentos mi quinto relevo de la prueba.

Aquel piloto era apenas unas décimas más rápido que yo, porque, de haber sido uno de los máquinas que iban entre los diez o quince primeros, me hubiera pasado, prácticamente, sin que me enterara antes de negociar el cambio de dirección siguiente. No fue así, y cuando viré con la moto de izquierda a derecha, se colocó casi en paralelo conmigo por el exterior, iniciando el largo paso por El Estadio.

La verdad es que la curva de El Estadio se había levantado casi como una empalizada desde la primera vuelta que di al circuito. Un viraje complicado, una auténtica curva de Gran Premio, con tres variantes y un cambio de rasante en medio, que esconde aun más su remate final. No podría asegurar si fui capaz de hacer una sola trazada sobre esa curva, en todas las 24 Horas, que siquiera me dejara medio satisfecho.

El caso es que llegué a la boca del viraje, como decía, con el otro piloto pegado en paralelo por el exterior. Recorté algo el giro del gas para facilitar la maniobra, mientras decía dentro de mi cabeza: “pasa, pasa ya”. Al momento ya llevaba la punta de su carenado por delante del mío, mientras permanecía muy atento a la trayectoria de su moto. Un instante después y mientras el objetivo principal de mi mirada iba clavado en el frente, capté con el rabillo del ojo cómo la moto de mi compañero de viaje hacía un giro directo a por el interior de la curva. Aflojé primero, y recorté el gas después; pero a pesar de ello, vi cómo la otra moto recortaba parte de mi trazada para echárseme encima. Tiré de freno cuando la tuve justo delante de la nariz de mi carenado, pero, finalmente, no pude evitar que cuando ya había pasado casi por completo, su rueda trasera golpeara con contundencia la mía de delante.

El efecto de catapulta fue instantáneo, y en el segundo siguiente me sentí volando por los aires.

Soy incapaz de dar una idea de la altura aproximada a la que me desplazaba, pero tengo una imagen impresa en la retina de mi memoria, que a buen seguro quedará ahí por el resto de mis días. En ella, me veía a mí mismo volando cabeza abajo, con la BMW Motocrom que pilotaba, siguiéndome exactamente en la misma posición.

La contrarrecta, llegando a la curva de La Caixa

En el instante de sentir el primer impacto contra el suelo, sonó un mensaje dentro de mi cabeza con una alarma roja para todo mi cuerpo: ¡La croqueta, la croqueta! Y un nanosegundo después, comencé a rebozarme por la tierra que alfombraba el margen de la pista, dando mil volteretas, mientras el mundo conocido, y casi mi vida entera, giraban como una centrifugadora sobre la sensación de fracaso que ya, en medio de esa truculencia, emergía como un géiser dentro de mí.

Por fin el planeta dejó de girar en torno a mí, cuando aún no sé cómo, me encontré a mí mismo puesto a gatas sobre la tierra del recinto. Y entonces llegó ese momento tan temido después de una aparatosa caída. Sí, ese momento cargado de una incertidumbre trascendental, en el que tienes que hacer un test de tu cuerpo entero para conocer sus consecuencias. Tomé aire varias veces durante unos segundos en los que permanecí petrificado sobre aquella ridícula postura. Luego, tal cual, moví los pies. Bien. Las manos, también. Y el cuello y la cabeza, todo aparentemente bien. Me erguí, puesto de rodillas, y las piernas y los lumbares funcionaban perfectamente. Después hice rotar el brazo izquierdo. Bien, perfecto. Pero luego llegaba el momento más delicado:

El hombro derecho, con el omoplato fracturado por tres líneas, exactamente 46 días atrás. La principal premisa que traía conmigo al llegar a Montmeló era que, de ninguna manera y por encima de todo, lo que no podía hacer era caerme; mucho menos caerme con un high side provocado por un impacto en la rueda delantera. Lo cierto es que, finalmente, sentí el hombro algo dolorido, pero no más allá de la mera secuela que podría haber acumulado con la paliza que llevaba encima, después de veinte horas de carrera.

Por fin me puse en pie. Y aparte del natural aturdimiento, no sentía nada más cuando di los pasos que me separaban de la moto, acompañado por las esmeradas atenciones de los dos comisarios que acudieron en mi auxilio. Levantaron la moto delante de mí, pero en aquel momento, no quise mirarla; tan sólo caminé de forma pausada, nuevamente en dirección a la pista, hacia el muro, mientras me palpaba el cráneo por el interior del casco, allá hasta donde llegaban mis dedos.

Finalmente, apoyado en el muro exterior de la curva de El Estadio, respiré profundamente, me relajé, y con la supervisión que hacía con la vista uno de los comisarios, me fui quitando el casco muy, muy despacio.

Todo estaba dentro de mi cabeza en el mismo desorden controlado con el que habitualmente vive mi cerebro desde hace 59 años. Mientras, sentía a mi lado la presencia de la BMW Motocrom, número 51, recostada sobre el hormigón. Entonces me giré con resignación para echar un vistazo a los daños que había sufrido.
Al momento abandoné el repaso, en cuanto descubrí el pequeño charco de aceite que había dejado sobre la tierra. Aparte de ello y con la estribera más el reenvío del cambio arrancados, la cúpula rota, con la araña probablemente desvencijada, y el semimanillar izquierdo doblado, retorcido hasta tocar con el depósito, el siniestro quedaba más que definido. Así entendí que no podríamos continuar, que la carrera de mi equipo y mi sueño de 40 años habían acabado en aquella hora temprana de la mañana.

El casco tras la caída. Obsérvese el talco verde que marca el margen de la pista

Y en aquel extraño momento viví un curioso cruce de sentimientos, que supongo será del interés del lector. Por un lado, la lógica decepción pensando en el equipo, pensando en mi hijo (allí, conmigo), también en mi familia, mis amigos y sin duda en todos los lectores que habían seguido los capítulos de gestación, preparación y entrenamiento hasta el mismo día de la carrera. Sí, decepción que dibujaba la cara de circunstancias que mostraría a todos ellos.

Pero por otro lado, debo de confesar que repentinamente experimenté un intenso alivio. Respiré con profundidad, y al soltar el aire del pecho, sentí que con aquella bocanada quedaba libre la tremenda tensión que había mantenido apretado mis sentidos durante los últimos tres días y medio.

Así es, escuché claramente la voz de mi subconsciente, que me decía: Se acabó.

Galería de fotos
  • La curva de El Estadio, donde se produjo la caída
  • El protagonista en su paso por la recta
  • La contrarrecta, llegando a la curva de La Caixa
  • Estado en el que quedó el casco tras la caída
  • El casco tras la caída. Obsérvese el talco verde que marca el margen de la pista
  • Dos pilotos acoplados en la recta principal

La tribuna de Tomás, 01/02/18

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Opinión de Tomás Pérez Sánchez

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