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Proyecto 24HorEs-40AñOs (XI): cuestión de milésimas

La tribuna de Tomás por Tomás Pérez Sánchez

Cuando aparecieron las milésimas en los cronómetros, algunos, incluido el que escribe, recibió la noticia con un tinte irrisorio. Sin embargo, desde que Crivillé ganó a Doohan por 2 milésimas, la historia de las carreras les ha dado la importancia que otros les restamos. Ahora bien, una cosa es vivirlo como espectador de TV y otra bien distinta es vivirlo en tus carnes hasta el punto de que tu sueño de media vida se decida por eso, por milésimas.

  • 27/07/17
  • Tomás Pérez Sánchez
  • SMN
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Dedicado a la memoria de Enric Saurí, con el abrazo más sentido para toda su familia y todos sus amigos.

Sábado 8 de Julio. 9:50 de la mañana.

Cuando crucé la línea del box, ya equipado y con el casco puesto, encontré a Sergi, a Pol y a David, trabajando afanosamente sobre los mandos de la moto 51, la BMW Motocrom +50, nuestra moto. No sabía qué problema eléctrico había aparecido durante unas pruebas de la mañana, en el momento de arrancarla sobre el propio box.

Las diez era mi hora de salida a pista, con lo que dispondría de 30 minutos para bajar de la implacable barrera que marcaba el 2’06“999. Pero el reloj de la torre se comía el tiempo y los chicos del equipo continuaban trabajando con esa minuciosa celeridad de récord que marcaba todas sus actuaciones. No estaba dispuesto a vivir otra vez la angustiosa taquicardia del día anterior, por lo que decidí sentarme en la silla de los pilotos a esperar sin prestarles ninguna atención, tratando de centrarme en repasar el trazado. Si bien es verdad que también me veía obligado a apartar la presión extra que recaía sobre mí para no dejar a mis compañeros en la estacada, con toda una carrera de 24 horas, para ellos tres solos.

En aquel momento en el que trataba de abstraerme, Augusto se acercó a mi lado para darme las últimas instrucciones, rematando la pequeña charla que había mantenido conmigo por la mañana y que escuché como la homilía más evangélica en los oídos de un devoto parroquiano: Sal a disfrutar, no te obsesiones con el crono. Sal a conducir como tú sabes, buscando la trazada poco a poco. Con eso, el crono saldrá solo. Seguro. Ya lo verás.

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Me hice el propósito de seguir a rajatabla su consejo. Sin embargo, cuando escuché el aullido enrabietado de la BMW, aquel propósito se desvaneció. Pol me advirtió con su habitual amabilidad de que el motor necesitaría un par de minutos para calentar, y que después ya podría salir. Consulté el gran reloj de la torre, justo cuando me daba vía libre para subirme. Las diez y cinco. Menos de 25 minutos para hacerlo todo y mi vida entera centrada sobre el cronómetro que presidía el salpicadero de la moto.

Recorrí el carril de aceleración tratando de mitigar la angustia e inicié después la escalada por el curvón, con esa tumbada que se prolonga en el tiempo, dejando el mundo puesto en perpendicular, para completar sin prisa pero sin pausa la vuelta de calentamiento. Hice la primera lanzada evitando estridencias y apuradas, tratando de fluir por la pista para ver al paso por el box un 2.10. Mantuve así la misma tónica, el mismo ánimo y la misma concentración para ver en la siguiente un 2.08 alto. Luego, dos vueltas más en el 2.08 para que poco después tratara de sincronizarme más, de fusionarme todo lo posible con la moto, de entender mejor la pista. Así fue cómo logré un 2.07.4. No había ya mucho tiempo, no sabía cuánto, pero en cualquier caso sería muy justo. La cuestión es que esa premura conseguiría descentrarme un tanto en ese parcial rapidísimo que llega después de El Estadio, lo que me supondría un paso atrás. Otra vez 2.08.

Respiré, me centré y traté de volver a esa sincronización con la pista y con la moto. Así hice el paso por el curvón (3) completamente inclinado, con el cuerpo fuera y sintiendo rozar la punta escondida de la bota contra el asfalto; la frenada de la Repsol (4) en su sitio y el remate con una factura más que aceptable de la dichosa curva Seat (5). A la salida de ese viraje, abrí gas a fondo para lanzar la moto en la bajada que llega a continuación, cambié de marcha y, de repente…

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¡El motor se paró!

En un primer instante, pensé que había cometido algún error con la palanca de cambios provocado por mi propio nerviosismo, pero no. No fue así. No estaba tan nervioso, y vi por un momento cómo mi vida quedaba en vilo durante tres eternos segundos. ¡Qué cosas! ¡Y todavía hay alguien que duda hoy día sobre la teoría de Einstein! Ya sabe bien el lector, de sobra, lo relativo que resulta el tiempo, particularmente subido a una moto.

Después de ese eterno lapso, el motor volvió a la vida con todo su empuje. Lleno de vitalidad. Decidí entonces borrar de inmediato el pasaje anterior del mapa de mi memoria y continuar. ¡No había tiempo para pamplinas! Así es que rematé la vuelta como si aquel parón no hubiera sucedido, pero, eso sí, evité mirar el lap timer en el paso por delante del box.

En el giro siguiente, recordé las palabras de Augusto, y decidí darme un punto de soberbia creyéndome sin dudarlo que lo podría hacer bien. Así fue cómo conseguí redondear cada trance del circuito, sin apurar ni destacar, y marcar finalmente un 2.07.1

¡Venga, Tomás! Lo tienes, y además sabes dónde está. Fue lo que pensé dentro del casco, al mismo tiempo que me asaltaba, curiosamente, una sensación que se quedó en mi pensamiento como una pausada reflexión mientras atacaba el final de la recta. ¡Qué duro es esto, caramba. Qué duro resulta exprimir hasta lo último que tienes dentro para marcar un tiempo! Y así, con ese pensamiento flotando en mi mente, aguanté el gas al final, como no lo había hecho hasta ese momento.

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Pasé el cartel de los 300 y no cerré el acelerador hasta que el piano apareció en la izquierda, con el cartel de los 200 prácticamente delante de mi la cara. Entonces puse en escena ‘La Frenada’, la gran frenada de mi modesta vida de piloto (seguro que algún piloto de verdad se sonreirá, y con razón, si lee estas palabras).

Apreté bien las piernas contra el depósito, manteniendo el trasero pegado al colín para que la moto hiciera aquella rotunda retención lo más estable posible. Entonces vi cómo la curva del fondo, la uno, llegaba muy deprisa, tanto que por un momento sentí que se me iba a echar encima. Sin embargo, la capacidad que desarrolla la BMW para frenar, sencillamente, se mostró brutal en aquel momento decisivo. Paró el conjunto moto-piloto, de unos 305 kilos (105 los aportaba un servidor), lo suficiente como para que pudiera soltar la maneta entrando en el viraje. A la salida de la curva, no me cupo la menor duda de que el crono se había llevado un buen mordisco en ese paso que acababa de dejar atrás.

Hice los siguientes virajes fluyendo con soltura, abriendo gas un poco antes al salir de la Repsol, lo mismo que en la subida de La Moreneta, pero al coronar arriba, en la ciega (9), llegó otro de esos momentos, un ‘Momento de la Verdad’. Aguanté y aguanté, antes de tirarme al interior, dejé correr la moto amordazando los gritos que el instinto de supervivencia daba dentro de mí, y finalmente me arrimé al piano para tocarlo a la altura de un resalte que Javi, mi compañero de la otra BMW Motocrom (49), me había recomendado como la referencia para trazar el ápice de la curva. Ahí, en ese punto, ya se adivina la salida. Contuve la respiración y llevé a cabo un acto de fe ciega en la electrónica para abrir gas a fuego, sin la más mínima reserva. El control digital dosificó la tracción, desde luego, pero la bestia empujaba y empujaba como poseída por el mismo Lucifer, mientras trataba de amarrarla en la última parte de la curva, clavándole la rodilla izquierda para mantenerla sobre la pista. Aun así, salí con la moto rabiando, sacudiendo la cabeza sobre el piano, e incluso sobre la franja de asfalto pintado en verde.

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En aquel momento, con la BMW revolviéndose como un felino indómito, sentí un latigazo, como una descarga de alta tensión, que me recorrió todo el espinazo. ¡Coño, esto es lo que necesitaba, ya era hora!, me dije en voz alta dentro de mi pensamiento. Me sentí vivo, entero, completo y con un arrebatado deseo de correr. Me lancé por la recta de atrás con unas ganas que hasta entonces habían estaba hibernando, atrincheradas en algún rincón de mi ánimo ante el asedio de tanta presión.

Sin embargo, en ese momento me dejé llevar por una estupidez de verdadero aficionado. Sí, cometí el error de mirar el lap timer sin ser, ni de lejos, un piloto frío y con los nervios bien templados. En ese punto, el aparato era capaz de ofrecer el tiempo previsible al completar esa vuelta. Gracias a ello, me reveló en aquel momento que, si mantuviera el mismo ritmo, lograría un 2.06.5. Sentí una dosis extra de entusiasmo, que no necesitaba y que me llevó emocionado hasta la frenada de La Caixa. Allí, a pesar de la euforia, conseguí dibujar bien la complicada trazada que exige.

Pero al negociar el interminable paso por El Estadio, esa misma emoción me descentró. Me desorienté, perdí la trazada y me topé desconcertado con la curva 13. La pasé como pude y me reseteé mentalmente en un instante. Tomé aire durante la brevísima bajada y me preparé bien la última curva; sí, ésa que impone tanto respeto. Me dije entonces a mí mismo lo que muchas veces comento a mis alumnos en los cursos de conducción, y lo mismo, también, que me recomendó Augusto antes de salir: Tomás: no trates de ir rápido, trata de hacerlo bien, muy bien.

Apunté, peiné el gas y entré a por el interior. Medio segundo después, adiviné en el frente la recta de meta y volví a abrir a fuego, confiando nuevamente en la centralita. El control actuó hasta que los 200 y pico caballos terminaron empujando como el lector no se puede imaginar, y a un servidor le cuesta ahora recrear. Aun así, viví entonces una curiosa paradoja. Sí, ¡qué extraña contradicción! Durante aquellos momentos en los que iba apretando los dientes y casi cerrando los ojos, en aquellos momentos en los que casi desencajaba de su sitio el puño derecho y llevaba mi envergadura fundida con la máquina, en aquellos momentos, sí, ¡la moto parecía lenta!

Pasé por delante de la bandera de cuadros. Había sido la última vuelta de la crono, y no lo sabía. Ya no habría más oportunidades. Alea Jacta est. Clavé la mirada en el avance de los dígitos, esos números fríos e implacables hasta la misma crueldad. Estoy fuera. Estoy dentro. Dudaba en el seno de mi pensamiento con otra nueva dosis de vértigo en un estómago que había caído ya hasta los pies. Y entonces aguanté: decidí dejarme llevar sin mirar el reloj hasta la frenada del final. Y allí fue donde lo vi.

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2.06.84

¡Estaba dentro! ¡Lo había conseguido!

No me lo creía, después de haber sufrido tanto durante los dos días anteriores. Así es que decidí tirar aún en esa vuelta siguiente, fuera de crono, ya sin presiones y cargado de euforia. Cuando pasé por la recta de atrás, vi un tiempo previsible de 2.06.1, con lo que solté el aire y me dejé ir en las curvas siguientes hasta desviarme por el pit lane.

Durante el recorrido por la línea de boxes, limitado a 40 por hora, liberé los diez suspiros que los nervios habían apresado en mi pecho, mientras que dejaba reposar la mirada sobre la franja roja de mi derecha, apenas dos metros por delante del carenado. Cuando había recorrido más de la mitad del pit lane, elevé la atención para buscar con la vista el box 42. No me costó encontrarlo en absoluto. Su puerta estaba abarrotada por un enjambre de personas. Todo el equipo salió a recibirme, brindándome una sentida ovación cuando me detuve.

Uno es particularmente emotivo, por lo que no pude evitar que se escapara alguna lágrima tras la pantalla oscura del casco. Ni que otra más recorriera mi mejilla apenas medio minuto después, cuando abracé a mi hijo.

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Me cambié de civil rápidamente y subí a la torre de control para confirmar mi clasificación. Allí los tres jueces me confesaron que no sólo habían estado pendientes de mí y de mis tiempos, sino que les había mantenido en vilo hasta que por fin respiraron cuando vieron el crono de la última vuelta. Y es que, según el cronometraje oficial, pasé el corte exigido ¡por tan sólo 16 milésimas! La explicación reside en que los tiempos oficiales se toman en la misma línea de meta, y en esa última vuelta quedaron con una décima de diferencia sobre el lap timer de la moto. Una décima y pico que se hubiera restado al tiempo de esa última vuelta incompleta, con lo que iría a bajar, a buen seguro, del 2.06. Pero eso poco o nada importaba ya. Los tres jueces de la torre me dieron una sincera enhorabuena estrechando mi mano. No se imagina el lector la inmensa satisfacción que inflaba la camiseta del equipo que llevaba puesta al cruzar los pasillos de la torre. En ese momento, el alivio sentido tras haber pasado el corte dio paso a otro sentimiento mucho más pleno y sobre todo más independiente. Me sentí feliz.

Pero de repente, cuando caminaba de vuelta al garaje 42 por la línea de boxes, me di verdaderamente cuenta de la situación en la que acababa de meterme al superar la clasificación. Esa carrera de la que estaba fuera a primera hora de la mañana, esa carrera con la que en gran medida no contaba por la noche, cuando me iba a dormir, viviría su salida en menos de una hora… ¡Y ya no me quedaba más remedio que correrla!

Pero ésa es otra historia porque, al fin y al cabo, lo cierto es que en menos de una hora arrancaría de verdad el sueño de media vida, y la ilusión, sin duda, me pondría en marcha para cumplirlo.

Agradecimientos: Lubricantes Pakelo, Motocrom, AutoPremier BMW

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4 Opiniones La tribuna de Tomás, 27/07/17

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tomasperez
2017-08-17 17 ago 2017

Objetivo cumplido entonces, Nano. Muchas gracias.

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Nano
2017-08-12 12 ago 2017

Lo confieso… He apretado las rodillas y abierto gas mientras leía la última vuelta.

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tomasperez
2017-08-02 2 ago 2017

La verdad, Miguel, es que no supe muy bien dónde me había metido hasta que no estuve allí. Viví los 4 días de Montmeló dentro de un cóctel de fuertes emociones, que aún perduraron incluso en la noche del domingo 9.
Muchas gracias.

Proyecto 24HorEs-40AñOs (XI): cuestión de milésimas
Miguel
2017-07-31 31 jul 2017

¡Buff, qué nervios! ¡Qué tensión! ¡Qué suspense!
Y yo que pensaba que estaba todo perdido… ENHORABUENA CAMPEÓN.

P.D. Vaya lío en el que te has metido…

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