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Thierry Sabine, el hijo del desierto

Érase una vez un hombre que tuvo un sueño: crear una carrera que se convirtiera en la última frontera de la aventura. Y lo consiguió. Era Thierry Sabine, el hombre que puso en marcha el Rally París-Dakar, que dio un nuevo sentido al concepto de aventura y competición.

  • 27/12/15
  • Juan Pedro de la Torre
  • Google Images
Thierry Sabine, el creador del Rally Dakar.

El desierto tiene un poder fascinador. Es la máxima expresión de la desolación, pero posee una belleza y una capacidad de atracción extraordinarias, que atrapa y doblega cualquier voluntad. Eso le sucedió a Thierry Sabine, y fruto de ese sentimiento nació el París-Dakar, una carrera que es más que una carrera, que sobrevive a su creador, a todo tipo de conflictos que nacen en el siempre complejo continente africano. Una carrera que, como Sabine, ha sabido adaptarse al medio y reinventarse en cada edición, manteniendo buena parte de la esencia de su creador.

Thierry Sabine era un entusiasta de las competiciones de motor hasta el punto de competir indistintamente en coches y motos en las más variadas disciplinas. Había tenido algunos destacados resultados en automovilismo en circuito, y hasta disputó en un par de ocasiones las 24 Horas de Le Mans. Pero eso no era suficiente para él. Se sintió atraído por las epopeyas de los grandes exploradores franceses que en el inicio del siglo XX emprendieron la exploración del desierto. La pugna que sostuvieron Renault y Citroën en los años veinte, detalladamente reflejada en la literatura del motor gala, despertó el interés de Sabine, que ávido de nuevas experiencias y de dar rienda suelta a ese explorador que todos llevaba dentro, decidió embarcarse en el Cote-Cote, el Rally Abidjan-Niza, una aventura creada por Jean-Claude Bertran en 1974.

Visto con la perspectiva del paso de los años, y conociendo la compleja infraestructura del Rally Dakar, aquello parecía una verdadera locura. En la edición de 1976 los participantes tenía marcada una fecha para completar el recorrido, entre el 25 de diciembre de 1975 y el 11 de enero de 1976, algo más de dos semanas para cubrir más de 7.000 kilómetros, de la costa atlántica a la costa mediterránea, atravesando el desierto de Níger y Mali.

Cyril Neveu, como Sabine, pionero en los rallyes africanos. Cyril Neveu en el Rally Abdijan-Niza. ©foto:Google Images

Salieron treinta motos y acabaron sólo cuatro. Aquello cautivó de tal manera a Sabine, que se apuntó a la siguiente edición, más larga y exigente: 8.500 kilómetros a cubrir entre el 29 de diciembre de 1976 y el 16 de enero de 1977.

En aquella carrera coincidió con algunos nombres míticos de los raids, como Cyril Neveu, Gilles Comte, “Fenouil”, los hermanos Sarrazin, o René Metge. A lomos de una Yamaha XT500 que por toda preparación contaba con un par de alforjas para llevar sendas latas de gasolina, una riñonera, una bolsa de depósito y un saco, y con la discreta equitación de la época y un casco “jet”, Sabine encaró una aventura complicada, en la que la competición se regía por la regularidad, marcando un tiempo determinado para cubrir la distancia, penalizando por el tiempo de más que se invirtiera en realizarlo. Por ejemplo, la primera etapa, Abidjan-Niamey, se debía realizar en 58 horas, lo que implicaba dos noches al raso.

A diferencia de la primera Cote-Cote, que al alcanzar Argelia tomó rumbo oeste por Marruecos y España hasta Niza, la edición de 1977 tenía que atravesar el desierto del Tènèrè e ir rumbo este hasta Libia, de ahí a Túnez, y luego cruzar el Mediterráneo hasta Italia para alcanzar Niza.

Sabine disfrutó con cada jornada de travesía, con cada kilómetro realizado, pero en la etapa Dirku-Madama, al atravesar el Tènèrè, equivocó la ruta y se perdió. En su desesperación por encontrar el rumbo correcto sufrió una caída y sus precarios instrumentos de navegación, una brújula y un reloj, se rompieron en el accidente.

Pasó dos días y dos noches solo y perdido en el desierto. En medio de la más absoluta desolación, Sabine tomó una decisión: abandonar su moto y buscar ayuda. Una decisión tan sorprendente como instintiva: era la lucha por sobrevivir. Él mismo lo relató años después en su libro París-Argel-Dakar: “Son ya dos días y dos noches perdido en el desierto, bajo un sol que comienza a hacerme perder la razón. La total ausencia de sombra es una sensación opresora, que engendra un sentimiento parecido al de la claustrofobia. Entonces decido alejarme de mi moto. En calcetines y succionando las piedras para provocarme saliva, comprendo que mi vida vale cada vez menos. Y es entonces cuando prometo que si salgo con vida de esta experiencia barreré cuanto de superficial contenga mi existencia”.

Pero más que su instinto de supervivencia, fue su sentido común el que facilitó su rescate. Sabine hizo una gran cruz con piedras en el suelo para llamar la atención a los equipos aéreos de rescate, y así fue como un avión consiguió divisarlo y lo rescató.

Thierry Sabine

La experiencia fue impactante. Se puede decir que el día de su rescate, aquella mañana de enero de 1977, fue la nueva fecha de nacimiento de Sabine, un alumbramiento producido en pleno desierto, que fue gentil y le perdonó la vida, regalándole nueve años más de existencia, porque, desgraciadamente, no lejos de aquel sitio donde comenzó su leyenda, Sabine encontraría la muerte el 14 de enero de 1986.

Aquellos dos días en el desierto resultaron imborrables y marcaron definitivamente su espíritu. Pero, sobre todo, sirvieron para acrecentar aún más su deseo de aventura, y no ya tanto por el hecho de vivir la aventura, sino por el interés por mostrar a los demás la magia del desierto, del descubrimiento de territorios abiertos. Sabine decidió volver al desierto y brindar a quien quisiera seguirle la oportunidad de descubrir lo que él conoció y experimentó.

Fue así como durante casi dos años madura la idea de organizar una carrera a través del desierto, atravesando territorios impenetrables como el Tènèrè o el Sahara. Y esa idea cobra forma el 26 de diciembre de 1978, cuando 87 motos y 89 coches se dan cita en la Plaza del Trocadero de París, al borde del Sena y frente a la Torre Eiffel, para emprender el primer Rally París-Argel-Dakar.

Sabine, con un impecable uniforme blanco, de pies a cabeza, los despide uno a uno. Todos ellos, antes de emprender su formidable aventura, han respondido a tres sencillas preguntas en un cuestionario: ¿Por qué le interesa participar en el Rally París-Argel-Dakar? ¿En qué forma se ha preparado para este rally? ¿Es consciente de que esta prueba comporta ciertos riesgos?

Sabine da la salida en Versalles a una nueva edición del Dakar. Sabine supervisa la salida desde Versalles, en una de las primeras ediciones. ©foto:Google Images

En esa primera edición, 74 vehículos llegaron a Dakar. Cyril Neveu, con una Yamaha XT500, logró la victoria “scratch”, imponiéndose a los coches. De hecho, los tres primeros clasificados fueron motoristas: Neveu, Comte y Vassard. La carrera todavía está lejos de alcanzar la magnitud que ahora tiene, pero resultó un éxito, aumentando la inscripción de cara a la siguiente edición, que incrementó su recorrido y las jornadas de competición. En 1980 se instituye el inicio el 1 de enero, y durará hasta el 23 de ese mes, y desde entonces se organizan clasificaciones independientes de moto, coche y camión. El éxito de la carrera se confirma edición tras edición.

No sólo se convierte en una excelente competición, sino que permite que muchos pilotos del motor, de coches y motos, descubran la fascinación por el desierto, y así surgen personajes como Jacky Ickx, una estrella de la Fórmula 1 y los circuitos, un mito en Le Mans, que en 1981 compite con una Citroën CX adaptado, y queda atrapado por el embrujo del desierto, y así se dan a conocer nombres míticos de la competición como Hubert Auriol, o el propio Neveu, cuyo palmarés, antes de pasar por el Dakar, no se podía comparar con el de míticos campeones mundiales como Gaston Rahier, triple campeón del mundo de motocross, otro enamorado de la carrera. En el desierto los diplomas y los galones son polvo que se lleva el viento.

El Dakar consigue unir bajo el mismo espíritu de la competición a corredores profesionales con los pilotos “amateur” que se inspiran en el evocador mito de Sabine. Bajo las mismas reglas, el desierto iguala a “bon vivant” como Claude de Montcorgé, que se lanzó a la aventura del Dakar al volante de su Rolls Royce, con pilotos de moto que preparaban su montura en el garaje de casa, con la ayuda y los ahorros de familiares y amigos. No había clase ni condición; el desierto se encargaba de igualar a todos. Ése era el espíritu de la competición, la esencia del mensaje que Sabine quería transmitir.

Thierry Sabine, siempre pendiente de la caravana. Siempre pendiente de todos los participantes. ©foto:Google Images

Las ideas de Sabine impregnan la carrera y al que compite en ella, y permiten que se desarrolle una sensibilidad especial en todos ellos. Vista desde fuera, la obra de Sabine era una verdadera locura: lanzar a cientos de personas de un lado al otro de África, cruzando el desierto, con las limitadas referencias de la época. Visto en la distancia y conociendo como es ahora la carrera, con todas sus medidas de seguridad, con el control al minuto de cada competidor y de casi cada metro de carrera, podemos decir sin exagerar que era cosa de locos seguir a aquel hombre de blanco. La caravana de Dakar hizo de Sabine su mesías, y creía su palabra. Y si Sabine decía que se podía hacer, aquello se hacía.

Frente a los agoreros que pregonaban un apocalipsis, todos los que tomaban la salida, llegaran o no a Dakar, sólo tenían una idea en mente: volver a correr. Sólo faltaba un golpe de suerte para hacer mundialmente famosa la carrera, y esto sucedió en 1982, cuando Mark Thatcher, hijo de la primer ministro británica Margaret Thatcher, se perdió en una de las etapas.

No era nada nuevo: se perdió como tantos otros, ¡pero era el hijo de Margaret Thatcher! Los muchos quebraderos de cabeza de esos días provocados por el Foreing Office británico se vieron compensados con la atención que los medios de comunicación generalistas dieron a la carrera. Y Sabine y su Dakar pasaron a ser mundialmente conocidos.

En aquellos años, siempre terminó habiendo personajes más o menos publicitarios, pero no fue una servidumbre que apartara a Sabine de su máxima preocupación: los verdaderos pilotos. La relación de Sabine con ellos fue como la de un buen padre con sus hijos: preocupación constante, pero máxima exigencia. A veces parecía enloquecer y pedirles demasiado, y los pilotos respondían con quejas a un recorrido infernal, o a etapas interminables, de muchos cientos de kilómetros, donde encontrar el rumbo acertado o el paso adecuado resultaba tan complejo como descifrar un enigma.

Thierry Sabine con Hubert Auriol. Sabine y Auriol discuten detalles en una etapa. ©foto:Google Images

Pero Sabine sabía como persuadirles, y más de una vez tuvo que hacer frente a sus protestas. Como en 1983, cuando en plena travesía del Tènèrè la caravana estuvo a punto de quedarse sin combustible. Sabine mandó a uno de sus hombres de confianza, Roger Kalmanovitz, hasta Agadez, para conseguir un mínimo de 50.000 litros de combustible para continuar. Convenció a los pilotos, que se habían declarado en huelga porque temían quedarse sin combustible y acabar tirados en medio del desierto, para que tomaran la salida en Illizi (Argelia) y llegaran a Agadez, asegurándoles que habría camiones de reportaje en el árbol del Tènèrè, como estaba previsto. Los convenció, pero no les dijo que tendrían que pagar por repostar y poder seguir. Cuando Auriol llegó el primero al árbol, le dijeron que tenía que pagar 400 francos (unos 60 euros actuales). Pagó, y todos los demás también, y siguieron corriendo.

Sabine era capaz de sacarlos de quicio, de volverles locos, pero también sabían que sería capaz de darlo todo por ellos, hasta la vida. El 14 de enero de 1986 una tormenta de arena sacude a la caravana en pleno Tènèrè, en la etapa Niamey-Gouma-Rharous, que estaba dividida en dos especiales. La tormenta arreció por la tarde y Sabine volaba en su helicóptero en busca de pilotos perdidos, intentando reagruparlos y orientarlos en medio del vendaval. Esa misma mañana, antes de la salida, había arengado a los pilotos: “Hoy comienza el Dakar: ya no hay pistas, ni horizonte, ni balizas…”.

La visibilidad era escasa, pero lograron divisar a lo lejos, en medio de la tempestad, una luz que parecía los faros de un vehículo. El helicóptero avanzó hacia él para ayudarle, pero chocó contra una duna, la única duna en 150 kilómetros a la redonda, y estrellándose violentamente. Sus cinco ocupantes fallecieron: Sabine, el piloto François-Xavier Bagnoud, el cantante Daniel Balavoine, la periodista Nathaly Odent, y el técnico de RTL Jean-Paul Le Fur.

Estado en el que quedó el helicóptero de Sabine. Los restos del siniestro. ©foto:Google Images

La noticia tardó en conocerse debido a la complicación de las comunicaciones. Cuando los organizadores se levantaron para iniciar la jornada descubrieron lo sucedido y se lo comunicaron a los piloto. Esa jornada se realizó neutralizada hasta Bamako, una decisión tomada de antemano debido a la delicada situación en la frontera de Mali con Bourkina-Fasso, que estaba en guerra.

Es allí en Bamako donde Patrick Verdoy toma las riendas de la carrera y decide llevarla adelante, como así había decidido Sabine que se hiciera, si él desapareciera. Y es así como el Dakar siguió adelante, de eso hace ya casi 30 años, de la mano de Verdoy y de Gilbert Sabine, el padre de Thierry, antes de que la TSO (Thierry Sabine Organisation) terminara entregando la carrera a ASO (Amaury Sport Organisation), actuales organizadores de la carrera.

Aunque las cosas han cambiado mucho desde su muerte, el espíritu de Sabine sigue impregnando la carrera, todavía ahora, en América. El destino le ofreció siete años más de vida para que pudiera regalarnos sus ideas, ese sueño de libertad y pureza que él supo transformar en una apasionante carrera, que dentro de unos pocos días volverá a ponerse en marcha en Buenos Aires, a miles de kilómetros del hogar de Sabine, el desierto africano.

Galería de fotos
  • Thierry Sabine, el creador del Rally Dakar.
  • El Abdijan-Niza, primer gran rally africano.
  • Cyril Neveu, como Sabine, pionero en los rallyes africanos.
  • Thierry Sabine
  • Thierry Sabine tras un aterrizaje forzoso en el desierto.
  • Thierry Sabine.
  • Thierry Sabine controlaba todo en la carrera.
  • Sabine da la salida en Versalles a una nueva edición del Dakar.
  • Estado en el que quedó el helicóptero de Sabine.
  • Thierry Sabine con Hubert Auriol.
  • Sabine habla con Jean Claude Olivier, patrón de Sonauto Yamaha.
  • Thierry Sabine, siempre pendiente de la caravana.
Thierry Sabine, el hijo del desierto
María Belén Perugini
2016-11-26 26 nov 2016

Excelente nota!!

Soy fanatica del Rally Dakar y estoy aprediendo sobre su historia y hay datos que son complicados de encontrar, realmente creo que aqui cuentan las cosas de una forma mucho mas completa que la pagina oficial del Dakar (ademas para ver la historia del Dakar se puede descargar un PDF que solo esta disponible en Frances e Ingles pero sigue siendo incompleto).

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