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Viaje exprés en Scooter (Parte I)

Otro episodio más de nuestra particular serie de viajes exprés. Viajes imprevistos, con motos que no son las más apropiadas para viajar, por estar concebidas, principalmente, para otras finalidades. Ahora le corresponde el turno a los scooters, ese pariente eminentemente práctico de las dos ruedas.

  • 06/04/19
  • Tomás Pérez Sánchez
  • Tomás Pérez
Llegada, en el viaje de ida, al centro de la Gran Vía de Barcelona.

Para este particular viaje exprés en un scooter, pensamos en un modelo que se situase, más o menos, en el término medio, dejando por debajo la multitud que rebosa la categoría sin carné de dos ruedas, y apartándonos por arriba de los maxiscooters deportivos, y por supuesto de los Gran Turismo, porque evidentemente, este relato-reportaje perdería su sentido, si lo protagonizara cualquiera de ellos. Por esa razón elegimos finalmente un scooter más arriba o más abajo, pero eso sí, de absoluta vanguardia, como es el Kymco Xciting 400.

Y es que, si estableciéramos la barrera maxiscooter a partir de los 500 cc, tal vez el lector pensaría que con este, nos hemos alejado mucho de los 125, para quedarnos a un paso de los grandes. Pero si distinguimos los maxis, también, por sus dos cilindros, el monocilíndrico que impulsa a nuestro Kymco lo aleja considerablemente, para situarlo mucho más centrado en el término medio de ese amplio abanico que se extiende hoy día en el mundo del scooter; sin olvidar, en cualquier caso, que también existe en el mercado un modelo de 800 y otro de 850 cc.

Bien. Escogida la montura, nos quedaba por elegir el recorrido, el destino, el tiempo máximo para hacer el viaje y también la fecha. Para la hipotética situación que se le plantearía a un supuesto lector, desde luego no dispondría de un coche, pero además, para ese trayecto, no podría tomar ni el AVE ni un avión, de manera que las circunstancias le condicionarían sin más remedio a usar su scooter.

Momento de la salida, al Sur de Madrid.

Dado que ese condicionante ya nos lo imponíamos nosotros mismos, carecía de importancia que eligiéramos, precisamente, las dos ciudades mejor comunicadas del país. De esa manera, señalamos Barcelona como destino, partiendo desde Madrid, ida y vuelta. Y lo hicimos para dos días a principios de marzo, justo en la semana de MotoMadrid, con un recorrido que pasaría por la A-2 completa, más un tramo de la antigua N-II.

También pensé en el equipamiento que dispondría, viendo el marzo mayeante que estábamos viviendo, con una atmósfera tan calmada que había provocado desde días atrás las restricciones impuestas por la horma anticontaminación.

Una mañana movida

Sin embargo, durante la noche anterior a la partida, la meteorología se revolvió, y amaneció el día del viaje teniendo como protagonista a un enemigo del motorista que, por invisible, no deja de ser el más peligroso de todos.

Al abrir la puerta de casa, me sorprendió algo más que una brisa recorriendo mis mejillas. Di unos pasos al exterior, dejando atrás el umbral de la entrada, y al levantar la mirada, observé algunas nubes blanquecinas corriendo sobre el fondo quieto que formaban otra grises, netamente más oscuras.

Bien sabe el lector que lo que representa una intensa brisa, un airecillo, se multiplica en progresión geométrica sobre una moto, y se convierte en un ventarrón a velocidad de crucero por la autopista.

Así pues me mentalicé para un viaje de dureza física, posiblemente agotador mentalmente y no exento de un serio riesgo añadido. Sin embargo, no sabía en aquellos momentos hasta qué punto sería así al final de esta experiencia, que bien podía haber terminado en una desagradable peripecia. Además de todo, y como propina, había que sumar una notable subida en el presupuesto del combustible; aunque eso no fue otra cosa que un nimio añadido, desde luego, dadas las circunstancias.

En ruta con el Kymco Xciting 400.

Vuelta de Vitrubio

El punto de partida se situaba en las afueras de Madrid, al Sur, y desde el primer momento me planteé evitar a toda costa la ciudad con su tráfico matutino. Todo sería autovía o autopista desde el arranque. Unos metros por la A-42, luego un tramo de la M-45, empalmando con la M-50, para llegar a tomar, incluso, la R-2 de peaje, hasta dejar Guadalajara a mis espaldas, evitando de esa forma el enjambre de coches que se forma en la cuenca del Henares.

Lo cierto es que quería sentir cuanto antes esa particular soledad descrita en El Motorista de Vitrubio, y a fe que sobre la autopista de peaje desierta, la volvía a sentir con toda su intensidad para iniciar el viaje. Tú, tu moto, y El Universo. Nada más. Pero también empecé a percibir durante este trayecto otras sensaciones que considero muy valiosas para situar al lector en esta pequeña aventura del viaje exprés en scooter.

La primera de ellas es la que sufrimos todos los motoristas de cierta talla (1,91 m), en la mayoría de las motos que equipan en su frente una pantalla transparente. El flujo del viento desviado por la última parte de esa transparencia, que en el caso del Xciting 400 guarda una forma de deflector, impacta directamente contra el casco, llevando consigo sus inevitables turbulencias. Unas turbulencias que llegaron a convertirse en sacudidas durante muchos momentos de esta experiencia, con un viento fortísimo, como veremos al final.

Para apreciarlo, bastaba con sacar el cuerpo hacia un lado y recibir el impacto directo del viento libre. Y es que en una naked, ese viento llega más fluido y más extenso, qué duda cabe, y repartido al igual por todo el cuerpo; pero con un zumbido constante y uniforme de fondo, y no con un sonoro borboteo. Lo cierto es que el ruido era como para recomendar el uso de tapones, y lo haría, si no fuese porque están prohibidos. En cualquier caso, con tapones te aíslas de cualquier sonido exterior, y sin ellos, en este viaje, el viento taparía cualquier aviso acústico.

La segunda de esas sensaciones percibidas es que la efectividad con la que la aerodinámica del Xciting 400 penetra en el viento llegó a engañar mi sentido de la velocidad, creyendo ir dentro del margen permitido en la autopista, mientras viajaba ensimismado en mis pensamientos de Vitrubio, cuando sentí de repente los tirones propios del corte del encendido.

La silueta del toro presidiendo la inmensidad de Los Monegros.

Del Altiplano a un juego de Tres

Por suerte y de momento, el viento se mantenía uniforme, y casi siempre de frente, mientras surcaba ese altiplano, helado en invierno, que cruza la A-2 por la localidad de Alcolea del Pinar. A lo largo de esas interminables rectas, me fui mentalizando para mi lucha contra ese viento que se transformaría durante el siguiente tramo, una etapa con curvas rápidas y enlazadas, en un continuo subibaja, que lleva, en algunos pasos, a entrelazar tres vías en la misma dirección: La autovía, el ferrocarril y el río.

Un scooter con la extensión que muestra la carrocería del Xciting 400 representa, en un principio, una gran vela sobre llantas de solo 16 y de 15” frente al viento. Además de ello, no podía contar con el primer recurso que ofrece una moto convencional al motorista para defenderse del viento: su tracción. Me explicaré:

Una moto en sexta marcha a 120 km/h no va, ni mucho menos, igual de sujeta y afianzada a su trayectoria que desplazándose en cuarta a la misma velocidad. Por eso, durante este viaje, recordaba cómo hace cuatro años conducía un maxiscooter GT, más grande y más potente, contra un viento infernal, tratando por aplicar la mayor tracción posible, luchando por mantenerlo dentro de la calzada. Enfrascado en esa lucha, no me percaté de la velocidad. En realidad, no podía perder ni un instante mirando el cuadro, y a las pocas semanas, recibí la desagradable comunicación de un pellizco en mi nómina. Así es que esta vez no podría mantener el gas abierto a fondo para irme por encima del límite. Pensé entonces en la robustez del par máximo que ofrece el monocilídrico Kymoco de 400 cc, 37,7 Nm a 6.000 rpm.

Un café en el primer cuarto del viaje.

Sin embargo todas estas cávalas, con sus números incluidos, quedaron muy relativizados a partir del paso junto a la romana ciudad de Medinaceli. Esta vez iba tan concentrado en la carretera que no tuve un momento para contemplar, aunque fuera de reojo, el arco en lo alto del cerro. Con la mirada clavada en las primeras curvas, todas de radio amplio, me coloqué en la posición más deportiva posible para atacarlas. La cabeza agazapada y los pies lo más retrasados que me permitía la prolongación de las plataformas, pegados al fuselaje del scooter. De esta forma quedaba en la mejor posición posible de control, a velocidad de crucero, si bien es verdad que la ergonomía del asiento sitúa, forzosamente, las posaderas en un punto adelantado, para una posición eminentemente urbana.

En cualquier caso, no hay que olvidar que un scooter, en sí, no es una moto. Tiene el motor más atrás y toda la transmisión desplazada sobre su costado izquierdo. Por tanto, no venía nada mal cargar algo de peso extra sobre el tren delantero, más en esas circunstancias.

En los primeros virajes, comprobé cómo el Xciting 400 seguía con nobleza la dirección del manillar, a pesar de la fuerza con la que nos sacudía el viento; si bien es verdad que lo hacía en una dirección más o menos constante. Fue después de entrar en Aragón cuando empezó a sorprenderme en varias curvas enlazadas, que transitaban al abrigo de los grandes cortes abiertos en el terreno para permitir el paso de la autovía. Allí esperaba y sentía cambiar el viento caprichosamente de dirección, con rachas de fuerza inesperada; lo sentía por el sonido, lo sentía sacudiendo en la cabeza y lo sentía, también, impactando contra la carrocería del Xciting. Sin embargo, no tenía la sensación que esperaba en ocasiones, y que llevara a cambiar la trayectoria del scooter.

El Xciting 400 se mantuvo en la línea, mientras percibía las sacudidas del viento sobre su carrocería, pero sin tener esa desagradable impresión de vértigo que provoca cualquier desviación de la trazada, como si una mano gigante nos sacara de ella.

La Curva del Camión

De todas formas, el viento fue aumentando tanto en su intensidad como en la frecuencia de sus caprichosos cambios, hasta que leí en un pórtico luminoso: “El Frasno, a 100 por el viento”. El Frasno, un pequeño puerto que se asciende después de Calatayud, sobre el kilómetro 240.

Me preparé para aquella ascensión con el espíritu más aguerrido que era capaz de forjar esa mañana, y ataqué la subida con decisión. Sin embargo, no me encontré con un viento comprometido, ni siquiera con una fuerza que provocara mi inquietud, después de lo que acababa de pasar durante los últimos kilómetros. Así comencé el descenso, atento, pero dejando apagadas algunas de las alertas que había encendido más atrás. De esa manera, encaré un viraje a derechas, con una pendiente pronunciada, para tratarse de la A2, y sin peralte alguno. En el exterior izquierdo, un terraplén empinado, fruto del corte abierto al terreno para hacer paso a la autovía, y en el interior, un camión circulando por el carril derecho.

En la R-2, empezando a viajar como el Motorista de Vibrubio.

Inicié la trazada para adelantar al vehículo pesado a buen ritmo, para rebasarlo cuanto antes. Mientras la perspectiva me mostraba la trasera del camión en primer término, con el lateral comenzando a descubrirse, el viento era prácticamente insignificante. Pensé que me encontraba al resguardo que hacía el terreno elevado de enfrente; con lo que tumbé más la moto para hacer el paso por la curva, que se cerraba en su segunda mitad. Así llegaba el Xciting bien inclinado, con los pies atrás, la rodilla interior algo abierta para hacer un efecto deflector, y el codo del mismo lado apuntando al suelo.

Todo iba de cine. Me estaba quedando un paso bordado por aquel viraje, hasta que alcancé la cabina del camión. Entonces sentí un bofetón frontal, tan brutal como repentino, que me volvió a encender todas las alertas, y tal vez alguna nueva. Aferré los antebrazos para controlar el manillar, sin bloquearlo, y pisé con fuerza ambas plataformas laterales para sujetar el scooter. Sin embargo, la reacción no fue la de un cabezazo, tal y como esperaba durante el milisegundo anterior, sino que sentí cómo si el Xciting se apretara contra firme, como si una mano gigante, la misma de antes, lo quisiera aplastar. Llegué a mi alerta máxima, pero no alcancé el grado del susto, por lo que todo quedó en una lección, un tanto sorprendente, de las reacciones más bien neutras con las que responde este scooter frente al viento, incluso al más racheado y traicionero.

La Capital del Viento

Y con la lección bien aprendida, me dispuse a cruzar el que, sobre el papel, era el paso con el viento más complicado de la jornada: el término de La Muela, capital de los generadores eólicos.

Después de coronar el alto de la Perdiz, alcancé un altiplano extraterrestre, con todo el panorama que lo rodea sembrado de molinos gigantes que giraban en un frenesí multitudinario, con la impresión de que en cualquier momento iban a despegar. El viento sacudía de lo lindo, por el costado izquierdo y de tres cuartos, hasta el punto de sentir el golpe de los camiones con los que me cruzaba, alejados en la vía del sentido contrario.

Seguramente, en ese tramo de poco más de diez kilómetros sufrí el azote del viento más fuerte del día, hasta que su intensidad fue aflojando a medida que el valle del Ebro se abría su extensión en el panorama. El viento estabilizó su rumbo, aunque pronto remitiría su fuerza, mientras hacía la larga circunvalación de la capital maña, descifrando los indicadores que se antojan tan densos en marcha como la lectura de un quijote en ruta.

Dieciocho kilómetros más adelante, decliné el paso por la AP-2, la autopista de peaje más recta, rápida y monótona de la Península Ibérica, en favor de la vetusta N-II, la conocida ahora como “Senda de los Elefantes”, al ser la ruta escogida por una multitud de camiones, evitando el pago del peaje. Una carretera tradicional de doble sentido que atraviesa ese desierto de Nevada español que aparentan los Monegros en algunos de sus parajes.

Por

Una parada para repostar y preparar la nueva estrategia, particularmente, la de los múltiples adelantamientos que me tocaría realizar. Lo primero que había observado es que la aceleración de la mayoría de los cambios por el sistema de variador ganan un micropunto en el punch si cortas gas por un brevísimo instante, para girar todo el puño de inmediato. Si bien es verdad que el empuje del Xciting 400 era suficiente para adelantar con seguridad, en todos los casos que guarden un mínimo de sentido común. Y lo segundo es que mientras me encontrara al rebufo del camión que iba a rebasar, me hallaría dentro de un vacío aerodinámico, y quedaría a merced, por tanto, de los golpes de viento, a veces en series múltiples, provocados por el paso de los camiones en el sentido contrario, apenas a tres metros de mí.

Me puse de nuevo en marcha para reencontrarme con una relación que se prodigaba mucho más en otro tiempo. Sí, es curioso cómo esa particular afinidad entre el gigante de la carretera y el viajero más minúsculo y vulnerable, con motor, se mantiene a lo largo de los años; y pude aprovecharme de la condescendencia de más de un camionero, con detalles como darme paso con el intermitente derecho, o, más aun, meter medio camión en el arcén para facilitarme el adelantamiento en un tramo un tanto ajustado.

Poniendo una atención particular a esos detalles, el tránsito por Los Monegros no fue tan rápido como el de la Baja Aragón, pero sí tan entretenido que cuando quise darme cuenta, estaba haciendo la bajada que desemboca en Fraga. Apenas dejaba atrás esta localidad oscense de singular dialecto, pasé delante del cartel que anunciaba la entrada en Cataluña.

Una autovía al trote

Así inicié el paso por la última etapa de la A-2, una autovía fruto de desdoblar la antigua nacional, la misma que me había traído desde las inmediaciones de Zaragoza, y que en muchos tramos presentaba muy machacado su carril derecho, con ondulaciones y badenes, incluso con algunos baches sobre los que el Kymco daba unos botes francamente molestos. Es por esta razón por la que no abandoné, una vez más, esa posición, llamémosla deportiva, con los pies apoyados atrás, lo mismo que tampoco lo había hecho por Los Monegros debido a la concentración que requería la carretera con doble sentido.

Con la atención puesta en las irregularidades del firme y en los frecuentes radares, algunos de tramo, alcancé una zona en la que sentía la presencia de una mole que atraía mi atención desde la izquierda. Desvié el centro de la mirada por un momento y descubrí la montaña serrada, el monumento natural más catalán desde que la barretina tiene entidad propia.

Percibí entonces una considerable subida del tráfico hasta que quedó a un lado la localidad de Martorell. Por esta vez no pasé por su legendario peaje, del que tradicionalmente cuentan, haciendo chistes, que junto con la Gran Muralla China, es la única obra del hombre que los astronautas pudieron distinguir desde la luna.

En el centro de Barcelona.

Tras la que sería la última bajada del viaje, el valle del Llobregat se abría enfrente para cubrir todo el panorama. Los coches emergían de las vías afluentes, y se diría que del propio asfalto, hasta formar un alargado hormiguero que se volvería tan tupido por momentos, hasta casi bloquear el paso del Xciting 400. Accediendo a la ciudad condal, la Ronda Litoral se mostraba tan concurrida como la Travesera de la Corts un día de partido. Una multitud que se hacía francamente difícil de asimilar, después de tanta soledad en la que me había sentido El Motorista de Vitrubio.

Finalmente, en mi céntrico destino, la Gran Vía, junto a la calle Balmes, aparqué correctamente, ¡faltaría más!, tal y como está el panorama. ¡Ah!, y sin olvidar que en Barcelona, a diferencia con Madrid, la circulación por el carril-bus está prohibida para las motos.

¿Y el cansancio?

Pues lo cierto es que me bajé del Kymco sin sentir el más mínimo entumecimiento en las piernas, ni en el resto del cuerpo. Al quitarme el casco, me rasqué y me pasé la mano aplanada sobre la cabeza, con esa natural intensidad, a modo de masaje, que despeja de un aturdimiento creado con un ruido presente durante tantas horas en el interior del casco. Pero en cualquier caso, nada que hiciera duro mi oído ni que no se disipara por completo en cuanto empecé a charlar con el familiar que me estaba en Barcelona.

Galería de fotos
  • Llegada, en el viaje de ida, al centro de la Gran Vía de Barcelona.
  • Momento de la salida, al Sur de Madrid.
  • Un café en el primer cuarto del viaje.
  • En ruta con el Kymco Xciting 400.
  • En la R-2, empezando a viajar como el Motorista de Vibrubio.
  • Cruzando Los Monegros.
  • El más pequeño y vulnerable junto a los gigantes de la carretera, una particular relación de afinidad.
  • La silueta del toro presidiendo la inmensidad de Los Monegros.
  • Por
  • En el centro de Barcelona.
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